PARTE 1
El sofocante calor de Monterrey apenas daba tregua a las 6 de la tarde, pero doña Carmen ignoraba el sudor en su frente mientras podaba las bugambilias de su jardín. La tranquilidad de su retiro se rompió cuando 1 lujosa camioneta frenó de golpe frente a su reja. El motor rugió antes de apagarse, 1 hábito molesto que su hijo Mateo conservaba desde los 18 años, cuando creía que hacer ruido era sinónimo de poder. Sin embargo, los portazos que siguieron no sonaron a triunfo, sino a pura desesperación.
Carmen se acercó con las tijeras de podar en 1 mano. Mateo estaba de pie en la acera, encorvado, con la camisa arrugada y 1 barba descuidada de 3 días. A su lado, su esposa Valeria lucía como si estuviera a punto de abordar 1 vuelo a París: enormes lentes oscuros, 1 bolso de diseñador y 2 inmensas maletas de cuero.
—Mamá, tenemos que hablar —murmuró Mateo.
Valeria ni siquiera dio los buenos días. Sus ojos escanearon la casa de su suegra con evidente desdén, deteniéndose en los muebles rústicos y en el viejo reloj de péndulo que había pertenecido al difunto esposo de Carmen.
—Pasen —indicó la mujer.
Mateo se dejó caer en el sillón de cuero, luciendo como 1 niño asustado. Valeria prefirió quedarse de pie.
—Vendimos la casa de San Pedro —soltó Mateo de repente.
Carmen colocó su vaso de agua sobre la mesa, sintiendo que el aire le faltaba.
—¿La casa para la que les di mis ahorros?
—Nuestra casa —la interrumpió Valeria con voz gélida—. Estaba a nuestro nombre. No teníamos que pedirle permiso a nadie.
Carmen tragó saliva. Ella había vaciado su cuenta de jubilación, entregándoles $800,000 pesos para el enganche. Había pintado las paredes de las 4 habitaciones y plantado el jardín trasero bajo la promesa de que ese sería su hogar definitivo.
—¿En cuánto la vendieron?
—En $12,400,000 pesos —respondió Valeria, con 1 sonrisa soberbia.
Por 1 segundo, Carmen pensó que habían comprado 1 residencia mejor.
—Entonces, ¿a dónde se van a mudar?
—Queríamos pedirte posada, mamá —murmuró Mateo—. Solo por 8 o 9 meses.
—¿Y el dinero de la venta? —cuestionó Carmen.
Valeria rodó los ojos.
—Hubo que cubrir ciertos gastos. Tarjetas de crédito, 1 viaje de 1 mes a Tulum, 1 camioneta para mi mamá. Y la mayor parte la invertí en el spa de mi mejor amiga.
—¿De cuánto fue esa inversión?
—De $6,000,000 de pesos. Es 1 negocio seguro.
Carmen miró a su hijo, esperando que fuera 1 broma macabra.
—Mateo, dime que esto es mentira.
—El dinero ya no está, mamá. Solo necesitamos 1 techo.
—No.
La palabra resonó con firmeza absoluta.
—¿No? —repitió Mateo, atónito.
—No voy a permitir que vivan aquí. Despilfarraron su patrimonio y ahora quieren usar mi casa como salvavidas.
La compostura de Valeria se desmoronó.
—¡Es usted 1 vieja egoísta! Su hijo se va a quedar en la calle y usted solo piensa en sus muebles viejos.
—Muebles que yo pagué. Salgan de mi propiedad ahora mismo.
Valeria caminó furiosa hacia la puerta y la abrió de par en par. Los vecinos salieron a asomarse. Don Roberto detuvo su escoba.
—¡Miren todos! —vociferó Valeria—. ¡Vean a la madre que deja a su sangre en la calle!
Carmen salió al porche.
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