El juicio fue contundente. Las pruebas periciales y los videos fueron irrefutables. Valeria perdió absolutamente todos los derechos de custodia. En la corte, siguió intentando culpar a todos menos a sí misma. A Mateo. A la escuela. Al sistema. Incluso intentó culpar a Diego. Pero un niño aterrorizado no sabe mentir tan bien como los adultos crueles. Ella y su pareja terminaron tras las rejas.
La última vez que el tema de Valeria surgió fue casi 1 año después. Estaban en el sillón viendo una película animada, cuando Diego, bajando el volumen de su voz, hizo la pregunta más dolorosa del mundo.
—Papá… ¿mi mamá me quería?
El corazón de Mateo se encogió. Ningún niño debería tener que hacerse esa pregunta. Le pasó la mano por el cabello con extrema ternura.
—Hay personas en este mundo que sí quieren a su manera… pero están tan rotas y vacías por dentro, que terminan lastimando y destruyendo todo lo que tocan —respondió Mateo, mirándolo a los ojos.
Diego se quedó callado, procesando las palabras.
—Entonces… ¿eso fue mi culpa?
Mateo lo abrazó con toda la fuerza de su alma.
—Nunca, mi amor. Escúchame bien para siempre: nunca fue tu culpa.
Diego sonrió levemente, cerró los ojos y, por primera vez desde que la pesadilla había comenzado, pareció creerlo de verdad
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