Durante los últimos 8 meses, la alta sociedad de Guadalajara había creído ciegamente en el teatro de Sebastián. Él era visto como el esposo abnegado, donando millones de pesos a clínicas mientras daba dolorosas entrevistas sobre la “fragilidad emocional” de su esposa. Había convencido a las familias de Jalisco de que Lucía sufría de depresión extrema. Así la aisló por completo de sus amigas y familiares.
Pero Elena siempre supo la verdad. Lucía la llamaba a las 3 de la madrugada, aterrorizada, incapaz de hablar por el pánico, solo para colgar apresuradamente cuando escuchaba los pesados pasos de Sebastián en el pasillo.
—Una mujer embarazada puede volverse muy histérica —intentó intervenir Mariana, levantando la barbilla con desesperación—. Todos los médicos presentes saben que Lucía no estaba bien de la cabeza.
Elena dio un paso al frente, acorralando a la amante con la mirada.
—Mi amada hija estaba aterrada hasta los huesos, Mariana, no histérica. Y el terror verdadero le enseñó a esconder 1 teléfono celular viejo debajo del colchón. Le enseñó a grabar cada una de sus amenazas.
El color abandonó el rostro de Mariana. Sebastián tragó saliva con dificultad, sudando frío.
De entre la multitud en los bancos traseros, 2 hombres de traje oscuro avanzaron. Uno de ellos, con una placa en su cinturón, era el tenaz detective Raúl Morales de la Fiscalía General del Estado.
—¿Qué significa este atropello? —gruñó Sebastián, acorralado—. ¿Trajeron policías al funeral de mi esposa? ¡Los voy a demandar a todos!
—No vinieron al funeral, Sebastián. Vinieron exclusivamente por ti —sentenció Elena de forma lapidaria.
El abogado Méndez sacó 1 pequeña memoria USB negra, levantándola a la vista de todos.
—Instrucción póstuma número 3: Si el viudo asiste a la ceremonia fúnebre acompañado de la señorita Mariana Lagos, se deberá reproducir de inmediato el archivo de audio titulado ‘Catedral’.
—¡No te atrevas, Arturo, te destruyo la carrera! —bramó Sebastián, abalanzándose hacia el abogado. Pero el detective Morales lo empujó hacia atrás con fuerza.
Un técnico de sonido de la iglesia conectó el pequeño dispositivo al imponente sistema de audio de la catedral.
Mariana comenzó a sollozar frenéticamente del puro pánico de una rata acorralada.
—¡Me prometiste que no había guardado nada! —le gritó Mariana a Sebastián, acusándolo frente a todos. Aquella frase destruyó cualquier presunción de inocencia, pero el audio lo confirmaría todo.
El técnico presionó el temido botón.
Primero, un crujido de estática llenó el inmenso espacio. Luego, la voz agitada y adolorida de Lucía resonó a través de los enormes altavoces.
—Sebastián… por favor… me arde demasiado el pecho… no puedo respirar bien… ayuda…
Elena cerró los ojos con fuerza, sintiendo que el corazón se le partía.
A continuación, la voz de Sebastián llenó la iglesia, con un tono metálico, sádico y frío.
—No empieces con tu maldito drama, Lucía. Tómate el té completo ahora mismo.
—Sabe muy raro… es amargo… el bebé no deja de patear, me duele muchísimo…
—Esa es la idea, idiota. Mariana consiguió las gotas especiales en el mercado negro. Te van a dormir un buen rato y dejarás de molestar. Y si algo le pasa al escuincle, el doctor ya está pagado con 2 millones para certificar que fue culpa de tu maldita presión arterial alta.
Un grito de horror generalizado escapó de la multitud. Una señora mayor en la tercera fila se desmayó pesadamente. Los ejecutivos de Laboratorios Santillán comenzaron a retroceder horrorizados de su propio jefe.
La grabación seguía reproduciéndose, implacable:
—Sé muy bien lo que quieres hacer… —susurraba Lucía—. No vas a quedarte con el imperio familiar… mi papá me dio a escondidas el 13 por ciento… porque sabía perfectamente la clase de basura humana que eras…
Hubo un tenso silencio en el audio de 4 segundos, seguido por el sonido violento de una taza estrellándose, y luego la risa sádica de Sebastián.
—Ay, pobre y maldita estúpida. ¿De verdad creíste que te dejaría vivir lo suficiente para usar esas acciones en mi contra?
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