El jueves por la tarde, la notificación llegó a su celular. Carmen se encerró en su cuarto y abrió la transmisión en vivo.
Primero vio entrar a Valeria. Llevaba una botella de vino y encendió la chimenea con total familiaridad. A los 20 minutos, la puerta principal se abrió de nuevo.
Un hombre alto, con el cabello completamente encanecido pero con la misma postura arrogante, entró quitándose el sombrero de charro. Valeria corrió a abrazarlo y lo besó en los labios. El hombre le acarició el cabello, y cuando su mano derecha quedó a la vista en la cámara, Carmen vio la cicatriz profunda en el dedo índice y la falange torcida, producto de una caída de caballo ocurrida 15 años atrás.
No había ninguna duda. Don Arturo estaba vivo.
Esa noche, Carmen mandó llamar a Mateo a la casa grande. El muchacho, de 35 años, llegó cansado y lleno de polvo de los campos de agave.
—Siéntate, hijo —le dijo Carmen, con la voz seca y dura.
Le entregó el teléfono. Mateo vio primero las capturas de pantalla de los mensajes. Su rostro pasó de la confusión a la negación.
—Esto es una broma enferma, mamá. ¿De dónde sacaste esto?
Carmen no respondió. Simplemente reprodujo el video de la cámara oculta. Mateo vio a su esposa, la mujer que dormía a su lado cada noche, arrojándose a los brazos del hombre que él había llorado hasta desmayarse en el funeral. Vio la mano torcida. Escuchó la risa de su padre por el micrófono.
Mateo se levantó de golpe, tirando la silla. Soltó un grito gutural, un rugido de animal herido que hizo temblar los cristales de la casa grande. Cayó de rodillas, golpeando el piso de barro con los puños hasta hacerse sangrar. Había perdido a su padre y a su esposa en el mismo maldito segundo.
—¡Ese no puede ser mi papá! —lloraba Mateo, ahogándose en su propio dolor—. ¡Nosotros lo enterramos! ¡Nosotros cargamos la caja!
—Enterramos a un pobre infeliz que no tenía nombre, Mateo —respondió Carmen, con lágrimas frías rodando por sus mejillas—. Tu padre nos vendió a los 2. Y a ella la compró para vigilarte.
Esa misma madrugada, Carmen y Mateo no fueron a llorar al panteón. Fueron a la oficina del comandante regional de la policía, un viejo amigo de la familia, y llevaron a un abogado penalista. Presentaron los videos, los mensajes, las escrituras falsas y la libreta. La confesión del fraude estaba escrita por la propia mano de Arturo. Fingir su muerte para evadir deudas millonarias con bancos y cobrar seguros de vida, usar un cadáver anónimo, y mantener una red de lavado de dinero usando a su nuera como testaferro. Todo era un delito federal.
El siguiente jueves, la tormenta azotaba los pinos de Mazamitla.
Arturo estaba sentado en el sillón de piel de su cabaña, bebiendo tequila mientras Valeria le masajeaba los hombros. De pronto, la puerta de roble macizo fue derribada con un estruendo violento.
4 agentes armados entraron apuntando con sus linternas, seguidos por el comandante, Mateo y Carmen.
Valeria soltó un grito aterrado y retrocedió, cubriéndose el rostro. Arturo se puso de pie lentamente. Su rostro, surcado por las arrugas de los 5 años escondido, se transformó al ver a su esposa de frente.
—Carmen… —murmuró, tratando de mantener su tono de patrón.
—Te traje flores durante 5 malditos años —dijo Carmen, mirándolo con un desprecio absoluto, un odio puro y destilado—. Mientras tú te revolcabas con la mujer de tu hijo y te burlabas de nuestras lágrimas.
Mateo dio un paso al frente. Valeria intentó tocarle el brazo, llorando desesperada:
—¡Mateo, por favor, me obligó! ¡Yo te amo, te lo juro!
Mateo la miró con asco, se soltó de su agarre de un manotazo y la ignoró por completo. Se plantó frente a su padre.
—¿Por qué? —preguntó Mateo, con la voz rota—. ¿Por qué nos hiciste esto?
Arturo enderezó la espalda, negándose a mostrar debilidad.
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