Mauricio me miró serio.
“No lo enfrente todavía. Hágale creer que no sabe nada.”
Contesté con la garganta cerrada.
“Ya encontré mi bolsa. Voy para la casa.”
Colgué. Guardé el frasco adulterado. Guardé la bolsita con las cápsulas originales.
Y salí del restaurante fingiendo que seguía siendo la esposa confundida que todos creían poder destruir.
No podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Cuando llegué a la casa de Las Lomas, Rodrigo abrió la puerta antes de que yo tocara el timbre.
“Por fin”, dijo con cara de preocupación. “Me tenías angustiado.”
Quise gritarle. Quise aventarle el frasco a la cara. Quise preguntarle desde cuándo planeaba borrar mi mente cápsula por cápsula.
Pero sonreí débilmente.
“Estoy cansada.”
Sus ojos brillaron. No de amor. De alivio.
En la sala, Doña Teresa tomaba té como si nada. Valeria estaba en el sillón, descalza, mirando su celular. Las dos levantaron la vista cuando entré.
“¿Encontraste tu bolsa, hijita?”, preguntó mi suegra.
“Sí. El gerente la tenía guardada.”
Al oír la palabra gerente, Valeria parpadeó raro.
Antes no lo habría notado. Rodrigo me había entrenado para dudar de mí misma. Si algo me parecía extraño, él decía que yo estaba sensible. Si recordaba algo diferente, él decía que mi memoria me traicionaba.
Dejé la bolsa sobre la mesa.
Rodrigo se acercó.
“¿Todo bien? ¿No faltó nada?”
“Nada.”
Doña Teresa sonrió.
“Entonces tómate tus vitaminas y descansa. Mañana hablaremos con el doctor Morales. Esa clínica en Cuernavaca te haría mucho bien.”
Ahí estaba.
La clínica.
El encierro elegante.
La forma bonita de sacar a una mujer de su propia vida.
Bajé la mirada.
“Quizá tienen razón.”
El silencio que siguió fue breve, pero intenso. Los tres se miraron como si yo hubiera firmado mi rendición.
Rodrigo fue por un vaso de agua. Regresó con el frasco en la mano.
“Ándale, amor. Antes de que se te olvide.”
Sacó una cápsula blanca y me la puso en la palma.
Todos me miraban.
La puse en mi lengua. Bebí agua. Luego tosí con fuerza, doblándome sobre mí misma. La cápsula cayó en mi mano cerrada.
“¡Lucía!”, dijo Rodrigo.
“Se me fue mal”, fingí.
“¿La escupiste?”, preguntó Doña Teresa, poniéndose de pie.
“No, ya la pasé”, mentí.
Valeria soltó una risita.
“Pobrecita, sí está muy mal.”
Subí a mi cuarto con pasos lentos, como si estuviera derrotada. En cuanto cerré el baño, escondí la cápsula en una bolsita de joyería y llamé a la única persona que podía salvarme: la licenciada Elena Soria, abogada de mi padre.
Contestó dormida.
“¿Lucía?”
“Rodrigo me está drogando.”
El silencio duró un segundo.
“¿Dónde estás?”
“En mi casa.”
“No comas ni tomes nada. Guarda el frasco. Voy a mandar un equipo médico y un notario. Tu papá dejó instrucciones para algo así.”
Me quedé helada.
“¿Mi papá?”
“Él sabía que, por tu herencia y tus acciones en la empresa, alguien podía intentar declararte incapaz. Para tocar tu control, se necesitan tres evaluaciones independientes y mi autorización legal.”
Por primera vez respiré.
Mi padre había muerto, pero seguía protegiéndome.
Un golpe suave sonó en la puerta.
“¿Lucía? ¿Estás bien?”, preguntó Rodrigo.
Elena susurró:
“No cuelgues. Silencia el teléfono.”
Abrí la puerta. Rodrigo estaba ahí, sosteniendo mi camisón.
“Te tardaste mucho”, dijo.
Entró sin pedir permiso. Miró el lavabo, el bote de basura, mis manos.
Yo las dejé quietas.
“Confías en mí, ¿verdad?”
La pregunta fue una amenaza disfrazada de ternura.
“Sí”, respondí.
Esa noche no dormí. Rodrigo sí. Profundo. Tranquilo. Como duermen los hombres que creen haber ganado.
A las tres de la mañana, Elena me mandó un mensaje:
Salida de servicio. Ahora.
Bajé con el frasco y la cápsula escondidos en una cosmetiquera.
Al pasar por la biblioteca, escuché voces.
Doña Teresa.
“Después de la dosis de la mañana, estará incoherente. Morales firma y Rodrigo toma control temporal.”
Valeria preguntó:
“¿Y mi pago?”
“Te daré lo que merezcas”, respondió mi suegra.
Se me heló la sangre.
Mi mano rozó una mesa. Algo crujió.
Leave a Comment