PARTE 1
“Si le dices algo a tu mamá, te juro que voy a separarte de ella para siempre.”
Valeria tenía apenas diez años, pero aquella frase la hizo sentir como si el piso del parque se abriera bajo sus pies. No lloró. No gritó. Solo apretó las correas de su mochila rosa y bajó la mirada, como si portarse obediente pudiera salvarla de algo peor.
Esa tarde, en una casa pequeña de la colonia Portales, en la Ciudad de México, Mariana López trabajaba frente a su laptop. Era diseñadora gráfica freelance y desde su divorcio vivía entre entregas urgentes, clientes que pagaban tarde y el miedo constante de que el dinero no alcanzara. Pero a las tres y media siempre hacía una pausa. Era la hora en que Valeria regresaba de la escuela.
—Ya llegué, mamá —dijo la niña al entrar.
Antes, Valeria corría directo a abrazarla. Le contaba todo: que la maestra la felicitó, que Camila le compartió papitas en el recreo, que había ganado en matemáticas. Pero desde hacía semanas algo había cambiado.
—Hola, mi amor. ¿Cómo te fue?
—Bien —respondió Valeria, sin mirarla demasiado—. Voy a bañarme.
Mariana frunció el ceño.
—¿Ahorita? Pero acabas de llegar.
—Sudé mucho en educación física.
La niña subió rápido las escaleras. Poco después, la regadera empezó a sonar. Mariana intentó concentrarse en su trabajo, pero el agua no se detenía. Diez minutos. Veinte. Casi una hora. De pronto se apagaba y volvía a encenderse, como si Valeria estuviera tallándose una y otra vez.
Al principio Mariana pensó que era una etapa. “Está creciendo”, se decía. “Quizá ya le preocupa oler mal.” Pero pronto notó más cosas. Su hija hablaba menos, comía en silencio y cuando le preguntaba por la escuela, respondía como si tuviera miedo de decir demasiado.
—¿Jugaste con Camila?
—Sí.
—¿A qué jugaron?
—A varias cosas.
Una noche, mientras cenaban caldo de pollo, Mariana decidió preguntarle.
—Vale, últimamente te bañas mucho. ¿Hay alguna razón?
La niña dejó la cuchara sobre el plato. Sus ojos se movieron nerviosos.
—No, mamá. Solo quiero estar limpia.
Mariana sonrió, pero su corazón se apretó. Aquella frase sonó demasiado preparada.
El último sábado de noviembre, Valeria fue a la biblioteca con Camila. Mariana aprovechó para limpiar el baño. Al quitar la tapa de la coladera, se quedó helada: había una cantidad absurda de jabón pegado, restos de champú y espuma endurecida. Era como si alguien hubiera usado medio baño de productos durante semanas.
Mariana se quedó mirando aquello con las manos temblorosas.
—¿Qué estás intentando quitarte, mi niña?
Esa tarde, cuando Valeria volvió, subió directo al baño otra vez. La regadera sonó durante casi una hora.
Mariana escuchó desde la sala, sintiendo que algo terrible estaba pasando frente a ella sin que pudiera verlo.
Y no podía imaginar lo que estaba a punto de descubrir.
PARTE 2
El lunes, Mariana cerró la laptop antes de tiempo. No avisó a nadie. Tomó las llaves del coche y salió rumbo a la primaria de Valeria. No quería invadir la privacidad de su hija, pero tampoco podía seguir fingiendo que todo era normal. Una niña de diez años no se baña durante una hora todos los días solo porque “quiere estar limpia”.
La escuela quedaba a quince minutos caminando. Mariana estacionó a media cuadra, frente a una tienda donde vendían gelatinas y tortas. Desde ahí podía ver la puerta sin que Valeria la notara.
A las tres veinte sonó la campana. Los niños comenzaron a salir en grupos, gritando, riendo, arrastrando mochilas. Valeria apareció junto a Camila y otras dos compañeras. Por un momento, Mariana respiró aliviada. Su hija caminaba normal, incluso sonrió cuando Camila le dijo algo.
Pero al llegar a la esquina donde siempre se despedían, Valeria no tomó el camino de casa. Se quedó parada, mirando hacia el parque de la otra calle. Luego caminó en dirección contraria.
Mariana sintió un golpe en el estómago.
La siguió despacio en el coche, procurando no acercarse demasiado. Valeria entró a un parque pequeño, con juegos despintados, bancas verdes y un puesto de elotes en la entrada. No se sentó. No jugó. Solo esperó.
Entonces apareció Ricardo.
El exesposo de Mariana.
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