El amor verdadero no destruye.
No humilla.
No manipula.
El amor verdadero protege.
Final — Lo que mi hijo sabrá algún día
Pasaron cuatro años.
Mateo corría por el jardín con una pelota demasiado grande para sus piernas pequeñas mientras doña Elena le gritaba desde la cocina que no se ensuciara antes de cenar.
Y yo lo observaba desde el porche con una taza de café entre las manos.
La vida seguía doliendo a veces.
Leave a Comment