PARTE 1
—No me esperes despierta, Mariana… estoy demasiado cansado para fingir amor esta noche.
Eso fue lo primero que me dijo Alejandro cuando cerramos la puerta de la suite nupcial.
Horas antes, todo mundo nos había aplaudido como si fuéramos la pareja perfecta. Mi mamá lloró cuando me vio entrar al jardín de la hacienda en Tequisquiapan, mi papá me apretó la mano antes de entregarme en el altar y hasta mi abuela, que rara vez se conmovía, dijo que nunca me había visto tan bonita.
Yo también me sentía así: completa, elegida, segura.
Alejandro era el hombre con quien había imaginado hijos, domingos en familia, viajes a la playa y una casa con buganvilias en la entrada. Llevábamos cuatro años juntos. Era serio, trabajador, de familia conocida en Querétaro. Mis papás confiaban en él. Yo confiaba más.
A mi lado, durante toda la boda, estuvo Lucía.
Lucía era mi mejor amiga desde la prepa. La que me acompañó cuando terminé la universidad, cuando murió mi abuelo, cuando Alejandro me pidió matrimonio en Bernal frente a todos. Ella me ayudó a elegir el vestido, organizó mi despedida y se quedó conmigo hasta el último minuto antes de caminar al altar.
—Hoy empieza tu vida bonita, Mari —me dijo mientras me acomodaba el velo—. Te lo mereces todo.
Le creí.
La fiesta fue hermosa. Mariachi, mole, vino de la región, velas en las mesas y fotos que parecían sacadas de revista. Alejandro sonreía, aunque por momentos lo noté distante. Pensé que eran nervios. Pensé que quizá le pesaba tanta gente, tanta emoción, tanta ceremonia.
Cuando por fin subimos a la habitación, yo llevaba el vestido medio desabrochado y el corazón temblando. Esperaba un abrazo, una palabra dulce, aunque fuera una risa nerviosa.
Pero Alejandro se quitó el saco, aventó la corbata sobre una silla y caminó hacia el sillón.
—Estoy agotado —dijo, sin verme a los ojos—. Duérmete.
Me quedé helada.
—¿Alejandro? Es nuestra noche de bodas.
—Precisamente por eso estoy cansado. No hagas drama.
Se acostó en el sillón, me dio la espalda y apagó la lámpara.
Lloré sentada en la orilla de la cama, con el maquillaje intacto y el alma rota. Me sentí ridícula, humillada, como si todo el día hubiera sido una obra montada para engañarme.
No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez una hora. Tal vez menos.
Entonces escuché una puerta cerrarse al fondo del pasillo.
Me levanté descalza. El sillón estaba vacío.
Caminé con cuidado, sosteniéndome de la pared. Al acercarme a la habitación que habían asignado a la mamá de Alejandro, escuché un sonido que me paralizó.
Gemidos. Risas ahogadas. Una voz de mujer.
Y después, su nombre.
—Lucía…
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Me quedé frente a esa puerta como si alguien me hubiera arrancado la piel y me hubiera dejado viva solo para sentirlo todo.
No abrí de inmediato. No grité. No hice una escena. Mi cuerpo estaba congelado, pero mi cabeza empezó a entender con una claridad cruel cada detalle que antes había ignorado: las miradas rápidas entre ellos, los mensajes que Alejandro escondía, las veces que Lucía se ofrecía a “ayudarlo” con pendientes de la boda, las risas que se cortaban cuando yo entraba a una habitación.
Empujé la puerta.
Alejandro estaba de pie, abotonándose la camisa con manos torpes. Lucía, mi Lucía, la mujer que me había sostenido el ramo en el altar, estaba sentada en la cama, despeinada, con mi pulsera de dama de honor todavía en la muñeca.
Por un segundo nadie habló.
Luego ella se levantó como si quisiera abrazarme.
—Mari, por favor…
—No te atrevas a tocarme.
Mi voz salió baja, pero tan firme que hasta Alejandro bajó la mirada.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Lucía empezó a llorar. Ese llanto que tantas veces me había conmovido ahora me dio asco.
—No fue planeado —dijo—. Pasó… pasó sin querer.
Me reí. Una risa seca, horrible.
—¿Sin querer te acostaste con mi esposo en mi noche de bodas? ¿Sin querer esperaste a que yo llorara sola en el cuarto?
Alejandro dio un paso hacia mí.
—Mariana, estoy confundido.
—No. Confundida estaba yo cuando pensé que me amabas.
Él tragó saliva. Lucía se cubrió la cara. Y entonces dijo algo que me terminó de romper.
—Nosotros ya traíamos algo desde hace meses.
El pasillo pareció moverse debajo de mis pies.
Meses.
Mientras yo probaba vestidos, ellos se escondían. Mientras mi mamá bordaba pañuelos para la ceremonia, ellos se escribían. Mientras yo elegía flores blancas porque Alejandro decía que le recordaban a su abuela, él ya sabía que iba a traicionarme.
—¿Y aun así te casaste conmigo? —le pregunté.
Alejandro no respondió.
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