—Tal vez me asusté. Tal vez no supe aceptar lo que sentía.
Sus ojos brillaron como si acabara de darle una llave.
A partir de ahí, le mandé mensajes inocentes. Nada comprometedor. Preguntas sobre la familia, sobre Sofía, sobre recetas. Él respondió cada vez más rápido. Primero con emojis. Después con frases más atrevidas. Luego con mensajes que él iniciaba:
“Te ves muy bien últimamente.”
“Me gusta que ya no huyas.”
“Si esa noche no me hubieras empujado, todo sería distinto.”
Yo no respondía de inmediato. Lo dejaba esperar. Lo dejaba imaginar.
Dos semanas después, en otra cena familiar, le dije en la cocina:
—El próximo domingo, en tu casa. Después de la cena. Quiero saber qué habría pasado si no te hubiera rechazado.
Diego casi perdió la respiración.
—¿Lo dices en serio?
—Muy en serio.
Pero antes de irme, sembré la duda donde debía.
Llamé a Laura y le dije con voz suave:
—Tu esposo ha estado muy pendiente de mí. Seguro solo quiere arreglar las cosas, pero no quería que pensaras raro si ves mensajes.
Hubo un silencio.
—¿Te escribe mucho?
—Lo normal… supongo.
Ese silencio fue la primera grieta.
El domingo llegué temprano a casa de Laura. Mientras cocinábamos, solté pequeñas frases: que Diego parecía nervioso, que me buscaba demasiado, que quizá se sentía culpable. Laura no decía mucho, pero su cara empezó a cambiar.
Después de la cena, fingí perder un arete en su recámara. Le pedí que me ayudara a buscarlo dentro del clóset.
Cuando Laura entró, le puse un dedo en los labios.
—No salgas. Solo escucha.
Y en ese instante le mandé un mensaje a Diego:
“Sube. Laura está bañándose. Ya no quiero esperar.”
Sus pasos se escucharon en la escalera casi de inmediato.
La puerta se abrió.
Y Diego entró sonriendo, sin saber que su esposa estaba escondida a tres metros de él.
PARTE 3
—No sabes cuánto esperé esto —dijo Diego, cerrando la puerta detrás de él.
Yo estaba de pie junto a la cama, con el corazón golpeándome el pecho. Dentro del clóset, Laura no hacía ni un ruido.
—Dime —le pedí—. Dime qué pensaste aquella noche en la cocina.
Diego se acercó, confiado, enfermo de victoria.
—Pensé que por fin ibas a aceptar lo que siempre hubo entre nosotros.
—¿Y cuando te rechacé?
Su rostro cambió. La sonrisa se volvió dura.
—Me humillaste.
—¿Por eso inventaste todo?
Él soltó una carcajada.
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