De vuelta en el presente, dentro del caos del Hospital Ángeles, el grito de Valeria rompió la noche.
El parto fue una pesadilla. El bebé nació a las 3 de la mañana, diminuto, morado, con los pulmones inmaduros. Fue arrebatado de inmediato para ser intubado en cuidados intensivos neonatales.
Valeria, sudorosa y destrozada por el dolor, vio a Mateo entrar a la habitación con la mirada perdida. Su instinto femenino no falló. Le arrebató el celular a Mateo y vio los mensajes que él le había mandado a su abogado hace 1 hora, preguntando si el divorcio de Lucía era reversible por fraude.
—¡Eres un desgraciado! —le gritó Valeria, arrojándole el aparato a la cara—. ¡Nuestro hijo se está muriendo en una incubadora y tú estabas espiando a tu exmujer! ¡Lárgate! ¡No te quiero volver a ver en mi vida!
Mateo fue expulsado al pasillo por el personal de seguridad. Se sentó en el suelo frío, abrazando sus rodillas, rodeado de ruinas. Su amante lo odiaba, su hijo luchaba por sobrevivir conectado a cables, y él estaba completamente solo.
A pocos metros de ahí, al amanecer, el llanto fuerte y vigoroso de 2 bebés inundó la Suite Diamante.
Lucía sostenía a sus hijos contra su pecho. Arturo besaba su frente, llorando de pura gratitud. Ella miró hacia la puerta cerrada y, por un breve instante, pensó en Mateo. No sintió odio. No sintió sed de venganza. Sintió una inmensa y pura lástima por el hombre que destruyó el oro buscando cobre.
Años más tarde, en una tarde cálida de domingo en el centro de Coyoacán, Mateo caminaba solo, cargando bolsas de supermercado. Su vida se había reducido a pagar pensiones y lidiar con la amargura de Valeria, quien compartía la custodia pero le hacía la vida imposible.
De pronto, frente a una famosa churrería, la vio.
Lucía reía a carcajadas. Llevaba un vestido ligero y el cabello suelto. A su lado, Arturo cargaba a un niño idéntico a él, mientras Lucía le limpiaba el azúcar de la cara a una niña de 3 años que llevaba dos trencitas. Eran la imagen perfecta de la paz.
Impulsado por una mezcla de masoquismo y desesperación, Mateo cruzó la calle.
—Lucía.
Ella se giró. Sus ojos se encontraron, pero Mateo se encogió al instante. Ya no había nada de la mujer sumisa que él manipuló. Frente a él estaba una leona.
—Hola, Mateo —dijo ella, con el tono de quien saluda a un vecino distante.
Él miró a los gemelos, sintiendo un nudo de ácido en la garganta.
—Son preciosos. Felicidades.
—Gracias —respondió ella, sin añadir más.
El silencio se volvió asfixiante. Mateo no aguantó el peso de su propia culpa.
—Daría lo que fuera… por retroceder el tiempo y hacer las cosas bien —soltó él, con la voz quebrada.
Lucía lo miró directamente a los ojos. Una sonrisa serena e inquebrantable se dibujó en su rostro.
—Yo no. Porque si no me hubieras roto en mil pedazos, jamás habría descubierto de qué estaba hecha. Gracias por irte, Mateo.
Arturo se acercó, puso una mano protectora en la cintura de su esposa y, sin dirigirle una sola mirada a Mateo, preguntó:
—¿Listos para los tacos al pastor, familia?
—¡Sí! —gritaron los gemelos al unísono.
Lucía se dio la vuelta y se alejó caminando bajo la sombra de las jacarandas. Mateo se quedó ahí, congelado en medio de la plaza, viendo cómo la mujer que él intentó convencer de que no valía nada, se alejaba con el mundo entero en sus manos. Comprendió, con el alma desgarrada, que el verdadero final no fue el divorcio. Su verdadero castigo fue darse cuenta de que él mismo se encargó de pulir el diamante que ahora brillaba para otro hombre.
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