PARTE 2: Los policías llegaron antes de que terminaran mis radiografías.
Ernesto apareció en la sala de espera con la camisa limpia, el cabello peinado y esa cara de hombre decente que usaba para engañar al mundo. Mi mamá iba a su lado, nerviosa, pero firme, como si ya hubieran ensayado la historia en el coche.
“Fue un accidente”, dijo Ernesto con voz tranquila. “Valeria siempre ha sido dramática. Es adolescente, ya sabe cómo son.”
Mi mamá asintió rápido.
“Se cayó. Yo la vi muy alterada. Se inventa cosas cuando se frustra.”
La oficial Ramírez me observó desde la puerta. No con lástima. Con atención.
“Valeria, ¿puedes decirme qué pasó?”
Sentí la mirada de Ernesto clavada en mí. Mi mamá apretó los labios.
“Acuérdate de lo que hablamos”, susurró.
Entonces el doctor Hernández se puso entre ellos y mi cama.
“Ella declara sin ustedes presentes.”
Por primera vez vi miedo en los ojos de Ernesto. No mucho. Apenas una grieta. Pero suficiente para saber que algo había cambiado.
Cuando se los llevaron del cuarto, la oficial Ramírez se sentó junto a mí.
“Ahora estás segura”, dijo.
Segura.
La palabra me sonó lejana, como un lugar al que otras personas sí podían entrar.
Respiré hondo.
“Él me rompió el brazo.”
La oficial no se movió, pero su mandíbula se tensó.
“¿Te ha lastimado antes?”
“Sí.”
“¿Puedes probarlo?”
La miré directo.
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