PARTE 2: “¿Dónde están?”, gritó Rodrigo desde la entrada. “¡Deberían estar tirados en la cocina!”
Yo estaba encerrada en el baño principal con Mateo en brazos, la espalda pegada a la puerta y el celular apretado contra mi pecho. Había logrado arrastrarlo hasta ahí con un esfuerzo brutal. Cada movimiento me quemaba los músculos. Cada respiración era una pelea.
La operadora seguía en la línea.
“Señora Mariana, las patrullas ya están cerca. No abra la puerta.”
Pero Rodrigo no venía solo.
Escuché tacones en el pasillo. Tacones finos, seguros, impacientes.
“Te dije que no podíamos confiar en que saliera perfecto”, dijo una mujer. “Tal vez les diste poco.”
“¡No les di poco!”, respondió Rodrigo, furioso. “Los vi caer.”
La voz de ella me resultó conocida, aunque al principio no la pude ubicar. No era una desconocida cualquiera. Había algo en su tono, en esa manera elegante de arrastrar las palabras, que me hizo recordar una comida de empresa meses atrás.
Fernanda.
La socia nueva de Rodrigo. La mujer que él presentó como “una colega brillante”. La misma que me abrazó frente a todos y me dijo que yo era muy afortunada por tener un esposo tan dedicado.
Sentí náuseas, no sabía si por el veneno o por la rabia.
Los escuché revolver la cocina. Abrieron cajones. Tiraron bolsas. El bote de basura cayó al piso.
“¡Su celular no está!”, gritó Rodrigo. “Mariana tiene su celular.”
Mateo temblaba contra mi pecho.
“¿Papá va a matarnos?”, susurró.
Yo le tapé la boca suavemente con la mano.
“No hables, mi amor.”
El pomo de la puerta se movió.
“Mariana”, dijo Rodrigo, usando esa voz falsa que antes reservaba para las reuniones familiares. “Ábreme. Vamos a hablar.”
No respondí.
“Sé que estás ahí con Mateo.”
Fernanda se acercó.
“Rodrigo, vámonos. Si llamó a alguien, ya perdimos.”
“¡Cállate!”
El primer golpe contra la puerta hizo que Mateo soltara un llanto ahogado.
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