Casi siguió de largo cuando pasó junto a la mujer desplomada al borde del camino… hasta que la reconoció como si una descarga le atravesara el cuerpo, y todo dentro de él se detuvo… sobre todo cuando vio a los gemelos de pie junto a ella.

Casi siguió de largo cuando pasó junto a la mujer desplomada al borde del camino… hasta que la reconoció como si una descarga le atravesara el cuerpo, y todo dentro de él se detuvo… sobre todo cuando vio a los gemelos de pie junto a ella.

PARTE 2: —No toque eso —dijo Mateo, arrebatándole la foto.
Santiago se quedó inmóvil, como si un niño de seis años acabara de ponerlo contra la pared mejor que cualquier abogado.
—Mateo… yo conocí a tu mamá.
—Todos dicen eso cuando quieren hacerse los buenos.
La frase lo dejó sin respuesta.
Camila, agotada, apoyó la cabeza en el brazo de Santiago sin darse cuenta. Él se quedó rígido, sin atreverse a moverse. Ese pequeño peso sobre su manga fina valía más que todos los edificios que había comprado en la última década.
Una doctora salió de urgencias.
—¿Familiares de Valeria Mendoza?
Santiago se levantó.
—Yo.
La doctora lo miró de arriba abajo, reconociendo tal vez el traje caro, el reloj, la seguridad de quien está acostumbrado a mandar.
—La paciente está muy delicada. Desnutrición severa, infección respiratoria, anemia y agotamiento extremo. Necesita tratamiento inmediato y posiblemente varios días hospitalizada.
—Hagan todo lo necesario —dijo Santiago—. Yo cubro los gastos.
Mateo soltó una risa seca.
—Mi mamá dijo que los ricos siempre pagan para no sentir culpa.
Santiago cerró los ojos. Cada palabra era merecida.
Cuando por fin pudo entrar al cuarto, Valeria estaba conectada a suero, con el rostro blanco y los ojos hundidos. Al verlo, no se sorprendió. Solo dejó escapar una respiración cansada.
—Llegaste tarde, Santiago.
Él se acercó despacio.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Hubo un silencio largo.
—¿Son míos? —preguntó él, aunque la respuesta ya le estaba rompiendo la vida por dentro.
Valeria lo miró con una tristeza sin rencor, lo cual fue peor.
—Sí.
Santiago apoyó una mano en la baranda de la cama para no caer.
—¿Por qué no me dijiste?
Próxima

Valeria sonrió apenas, sin alegría.

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