PARTE 2: “¡Orden en la sala!”, gritó la jueza Álvarez, golpeando la mesa con fuerza.
Diego respiraba como si hubiera corrido kilómetros. Las manos le temblaban, no de miedo, sino de rabia acumulada durante cuatro años.
Patricia seguía con el pañuelo en la cara, pero sus ojos no lloraban. Miraba a Diego con una calma venenosa.
“¿Ya ve, Su Señoría?”, dijo el abogado. “El joven no controla sus impulsos. ¿Así pretende cuidar a un niño traumatizado?”
La frase cayó como piedra.
Diego quiso responder, pero la licenciada Torres le tocó el brazo.
“Siéntate”, le susurró. “No les des armas.”
Mateo estaba llorando en silencio. Tenía los ojos fijos en su mamá, pero no había amor en su mirada. Había terror.
La jueza observó a Patricia.
“Señora Hernández, este juzgado necesita saber dónde estuvo usted durante cuatro años.”
Patricia bajó la cabeza con dramatismo.
“Estuve en Monterrey. Me fui porque sufría depresión. No tenía apoyo. Caí con malas personas. Pero ya cambié. Tengo pareja, tengo casa y puedo darle a Mateo lo que Diego jamás podrá darle.”
El hombre tatuado sonrió desde la última fila.
El abogado sacó varias fotografías impresas: la entrada estrecha de la vecindad, las escaleras descascaradas, el cuarto de azotea, la cama individual de Mateo.
“Esto no es un hogar”, declaró. “Es un espacio improvisado. Mi clienta, en cambio, cuenta con vivienda adecuada en Ecatepec y apoyo económico.”
Diego sintió un golpe en el estómago.
Había pasado noches sin dormir arreglando ese cuarto. Había pintado cada pared imaginando la cara de Mateo al verlo. Había comprado una mochila nueva, un uniforme, una taza con dinosaurios.
Y ahora ese cuarto era usado para humillarlo.
“Yo lo hice con mis manos”, dijo Diego, con la voz rota. “Todo eso lo hice por él.”
“Con amor no se paga la comida”, contestó el abogado.
La jueza no respondió. Solo siguió revisando papeles.
Por primera vez, Diego tuvo miedo real.
No miedo al hambre ni al cansancio. Miedo a que el sistema volviera a arrancarle a Mateo.
Entonces la licenciada Torres pidió la palabra.
“Su Señoría, es importante mencionar que el menor ha expresado repetidamente miedo ante la posibilidad de regresar con su madre.”
Patricia abrió los ojos, ofendida.
“¡Porque Diego lo manipuló!”
Mateo negó con la cabeza, llorando más fuerte.
La jueza se inclinó hacia él con cuidado.
“Mateo, nadie va a obligarte a hablar si no quieres. Pero necesito preguntarte algo. ¿Quieres vivir con tu mamá?”
El niño apretó el dinosaurio de peluche que Diego le había llevado esa mañana.
Leave a Comment