Las cámaras lo grabaron completo.
Otra tarde llamó a mi jefa para decir que yo estaba emocionalmente inestable.
Mi jefa, una mujer con más carácter que paciencia, me llamó a su oficina, puso el audio y dijo:
—Qué hombre tan pequeño. ¿Quieres que lo mande a jurídico?
Yo asentí.
Después llegó lo peor:
Esteban intentó volver.
Me llamó desde un número desconocido.
—Claudia, cometí un error. Rebeca no era lo que pensé. Tú y yo podemos arreglarlo.
Por primera vez desde el mensaje de Cancún, sentí ganas de llorar.
No por él, sino por la mujer que fui, la que habría escuchado esa frase como una esperanza.
—No confundas arrepentimiento con quedarte sin dinero —le dije.
—Me estás destruyendo.
—No, Esteban. Yo solo dejé de sostenerte. Te caíste solo.
Colgué.
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