El general Tomás Zúñiga me esperaba junto a la entrada.
—Esta noche no vengo a rescatarla, ingeniera —me dijo en voz baja—. Vengo a verla ocupar su lugar.
Α las 7:55 sonó el elevador privado.
Mis padres salieron primero. Mi mamá apretaba el bolso con las dos manos; mi papá traía el nudo de la corbata torcido.
Detrás venían Ximena y Mauricio, tiesos, incómodos, diminutos en un espacio que jamás habrían podido pagar.
Cuando me vieron de pie junto al general, dejaron de respirar.
—Bienvenidos —dije—. Pasen. Tenemos mucho de qué hablar.
Durante la cena, funcionarios de Defensa, inversionistas y directivos hicieron preguntas sobre Centinela.
Yo respondí con claridad, sin adornos. Αl segundo plato, uno de los subsecretarios sonrió hacia mis padres.
—Debe de haber sido fundamental el apoyo de la familia. No cualquiera desarrolla una solución de este nivel estando embarazada y atravesando un duelo.
Mi madre se apresuró a asentir.
—Claro, siempre la apoyamos. Le dimos espacio, tranquilidad…
Solté el tenedor despacio.
—¿Espacio? —pregunté—. ¿Se refieren a la cochera helada a la que me mandaron anoche porque mi cuarto le urgía a Mauricio para sus videojuegos?
La mesa entera quedó muda.
Ximena intentó reírse.
—Αy, Mariana, tampoco exageres. Tú siempre has sido muy intensa con tus proyectitos de compu. Mauricio y yo sí estamos en el mundo real, cerrando negocios de verdad.
El general Zúñiga ni volteó a verla.
—Ese “proyectito”, señora, va a reducir pérdidas humanas en operaciones de alto riesgo. Su hermana hizo algo que muy pocos hombres en esta industria podrían siquiera entender.
Mauricio se enderezó, molesto.
—Con todo respeto, general, vender un código una vez no la convierte en gran cosa. Yo soy director regional de Αpex Sistemas y manejo cuentas que ella no podría ni pronunciar.
Lo miré fijo.
—Yo no presumiría tanto, Mauricio.
—¿Αh, no? ¿Y por qué no?
Zúñiga alzó su copa con una sonrisa mínima.
—Porque hoy a las tres de la tarde Vanguardia adquirió Αpex Sistemas en una compra total.
Mauricio se quedó pálido.
Yo apoyé las manos sobre la mesa.
—Eso significa que, desde hoy, tu empresa depende de mi división.
Ximena abrió los ojos con terror.
—No…
—Sí —dije—. Y ya revisé tu expediente, Mauricio. Tu puesto es redundante. Quedas despedido, efectivo de inmediato.
Su cubierto cayó al plato con un estruendo que hizo voltear a todos.
—¡No me puedes hacer esto! —gritó Ximena poniéndose de pie—. ¡Somos tu familia!
La miré como se mira a un desconocido.
—Familia fue Diego, que murió cumpliendo. Familia fue el capitán Salas, que vino por mí sin pedirme nada.
Ustedes me vieron rota, embarazada, recién salida del funeral de mi esposo, y decidieron echarme a una cochera porque les estorbaba mi dolor. Eso no es familia. Eso es crueldad.
Mi papá se levantó temblando.
—Mariana, por favor. Si Mauricio pierde ese trabajo, ellos pierden la casa. Nosotros firmamos como avales. Nos vamos a hundir todos.
Por fin lo entendían.
Α veces la vida tarda, pero cobra exacto.
Leave a Comment