—Somos de supervisión escolar.
Mentían.
Adrián lo supo al instante.
—Recibimos reportes de que usted tiene comportamientos inapropiados con los alumnos —continuó Leticia—. Los padres están preocupados.
Adrián sintió que el mundo se derrumbaba.
—¿Qué? ¡Eso es mentira!
—Será mejor que entregue las llaves del salón mientras investigamos.
La directora disfrutaba cada segundo.
Querían destruirlo antes de que hablara.
Uno de los hombres dio un paso adelante.
—También necesitamos revisar sus pertenencias.
Adrián entendió inmediatamente lo que buscaban.
El dibujo.
Metió lentamente la mano a su mochila… pero estaba vacía.
El papel había desaparecido.
Sintió pánico.
Porque él sabía perfectamente que había dejado el dibujo ahí la noche anterior.
Entonces recordó algo.
La camioneta negra afuera de su casa.
Ramiro había entrado.
Los hombres comenzaron a acercarse.
Y en ese instante, desde el patio, se escuchó un grito desgarrador.
Era Ximena.
La niña apareció corriendo descalza por el pasillo, llorando desesperadamente, con las piernas llenas de moretones.
Y detrás de ella venía Ramiro.
Furioso.
—¡TE DIJE QUE NO HABLARAS! —rugió el hombre frente a toda la escuela.
Los niños comenzaron a gritar.
Las maestras quedaron paralizadas.
Pero Ximena siguió corriendo hasta abrazarse a las piernas de Adrián.
Y entre sollozos, frente a todos, dijo las palabras que terminarían por destruir la falsa reputación de la escuela entera:
—El monstruo me encierra en el sótano… y mi mamá dice que si hablo, me va a matar como mató a mi perrito…
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