Había estudiado la distribución de la casa en mis visitas anteriores. sabía exactamente dónde estaba el estudio, dónde estaba el mueble bar, dónde estaban las cámaras de seguridad. Los guardias estaban concentrados en la fiesta, vigilando a los invitados, no prestando atención a los pasillos vacíos de la zona privada.
Entré al estudio con el corazón latiéndome en los oídos. Era un cuarto elegante con libreros de madera, sillones de piel y el mueble bar en una esquina. Encontré la botella de Genesis XO, exactamente donde esperaba, casi llena esperando a su dueño. Saqué el frasquito con dormilona negra, concentrada que había escondido en mi delantal.
Abrí la botella de coñac con manos temblorosas. Pertí frasquito, la cerré de nuevo y la agité suavemente para que se mezclara bien. El veneno no tenía color ni olor, se disolvió completamente en el alcohol oscuro. Salí del estudio tan silenciosamente como había entrado. Nadie me vio, nadie sospechó nada. Volví al baño, me lavé las manos tres veces y regresé a la cocina como si nada hubiera pasado.
La fiesta continuó hasta las 4 de la mañana. Vi al comandante Ramiro varias veces durante la noche riendo con sus invitados, bailando con su esposa, brindando por el éxito del año. Parecía feliz, relajado, sin sospechar que su muerte ya estaba preparada y esperándolo en su estudio.
Me fui de la casa a las 5 de la mañana, cuando ya casi todos los invitados se habían ido. Doña Celia me pagó 20000 pesos en efectivo. Me agradeció por el excelente trabajo. Me dijo que el comandante Ramiro había quedado muy impresionado con la comida. Seguramente la va a llamar otra vez para futuros eventos me dijo con una sonrisa. Dice que hacía años que no comía una birria tan buena.
Le agradecí y me fui a mi casa. No dormí esa noche ni la siguiente. Me quedé sentada en mi cocina esperando noticias, rezando para que mi plan hubiera funcionado. Las noticias llegaron tres días después. El comandante Ramiro había sido encontrado muerto en su estudio la mañana del 26 de diciembre. Su esposa lo había buscado cuando no bajó a desayunar y lo encontró desplomado en su sillón favorito con una copa de coñac todavía en la mano.
Los doctores dijeron que había sido un infarto masivo, probablemente causado por el exceso de comida y alcohol de las fiestas. Nadie sospechó nada. Nadie conectó su muerte con la fiesta de tres días antes. Nadie pensó en la cocinera que había preparado el banquete. 14 muertos. La lista completa, la venganza terminada.
Cuando escuché la noticia, fui al cuarto de Daniel, al cuarto que había mantenido exactamente como él lo había dejado, con sus libros de ingeniería, sus pósters de equipos de fútbol, su ropa todavía colgada en el closet, me senté en su cama y lloré durante horas. No eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de alivio, de liberación, de algo parecido a la paz que no había sentido desde que me tiraron su cuerpo en la puerta.
“Ya está, mi hijo”, le dije a su foto en el buró. “Ya pagaron todos, ya puedes descansar.” Han pasado 5 años desde que completé mi venganza. 5 años desde que el último nombre de mi lista fue tachado. En ese tiempo he seguido cocinando, aunque ya no para el cártel. Abrí un pequeño restaurante en una zona alejada de Guadalajara, un lugarcito modesto donde sirvo pozole, birria y tamales a la gente del barrio.
Gabriela terminó la carrera de medicina como siempre soñó. Ahora trabaja en un hospital público salvando vidas en lugar de quitarlas como su madre. Pedrito estudia ingeniería en la universidad cumpliendo el sueño que Daniel nunca pudo cumplir. Ninguno de los dos sabe lo que hice. Ninguno de los dos sabe que su madre es una asesina.
Y Valentina, la hija de Daniel, que apenas conoció a su padre, ya tiene 10 años. vive con su madre Marisol en otra ciudad, lejos de todo este horror. Le mando dinero cada mes, la visito cuando puedo, le cuento historias de su papá para que no lo olvide. Hago esta confesión porque sé que me queda poco tiempo. Los doctores me diagnosticaron cáncer de estómago hace 6 meses, avanzado, inoperable.
Probablemente sea karma, probablemente sea el precio de haber manipulado venenos durante tanto tiempo o probablemente sea simplemente mala suerte como todo lo demás en mi vida. No me arrepiento de lo que hice. Si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría exactamente igual. Cada uno de esos hombres merecía morir por lo que le hicieron a mi hijo.
La justicia mexicana nunca me la habría dado, así que tuve que tomarla con mis propias manos. Estuvo mal, probablemente fue pecado. Seguramente me condenará Dios por ello. No lo sé y la verdad ya no me importa. Lo único que me importa es que cuando me muera y llegue al otro lado, voy a poder ver a Daniel a los ojos y decirle que vengué su muerte, que no dejé que sus asesinos vivieran tranquilos mientras él se pudría en una tumba.
Que su madre hizo lo que cualquier madre haría si pudiera. Mi nombre es Consuelo Ramírez Vázquez. Tengo 52 años. Fui cocinera del cártel Jalisco Nueva Generación durante 10 años y maté a 14 sicarios usando el mismo conocimiento culinario que ellos tanto elogiaban. Esta es mi confesión final. Que Dios tenga misericordia de mi alma, porque yo no tuve misericordia de las de ellos.
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