—Bueno, esas cosas pueden variar, ¿no?
—No tanto.
La puerta se abrió y entró una mujer de traje azul, acompañada por una enfermera. Afuera, doña Amalia y Renata ya estaban demasiado cerca para no escuchar.
—Según el desarrollo fetal —continuó el doctor—, este embarazo tiene al menos dieciséis semanas.
El silencio cayó como una piedra.
Mauricio soltó la mano de Valeria.
—Eso no puede ser.
Valeria no dijo nada.
—Dijiste que había pasado después del viaje a Cancún —susurró él.
Ella cerró los ojos.
—Mauricio, por favor…
—Dijiste que ese bebé era mío.
Doña Amalia empujó la puerta.
—¿Qué significa esto?
El doctor respiró hondo.
—Significa que la línea de tiempo presentada no sostiene la versión inicial.
Renata se llevó una mano a la boca.
—Valeria…
La amante perfecta comenzó a llorar. Ya no parecía elegante ni segura. Parecía una niña atrapada en una mentira demasiado grande.
—Yo tenía miedo —dijo—. Mauricio me prometió que iba a dejar a Isabel, pero tardaba demasiado. Yo pensé que si había un bebé…
Mauricio retrocedió como si le hubiera dado asco tocarla.
—¿Quién es el padre?
Valeria lloró más fuerte.
—No lo sé.
Doña Amalia palideció.
—¿Cómo que no sabes?
—Fue antes de Cancún —sollozó Valeria—. Estaba confundida. Había terminado con Rodrigo y luego volví a ver a Mauricio. Yo pensé que podía arreglarlo.
Mauricio soltó una carcajada vacía.
—¿Arreglarlo? ¿Me hiciste destruir mi matrimonio por un bebé que ni siquiera sabes de quién es?
Afuera, varios empleados desviaban a otros pacientes. La escena ya no podía esconderse.
Renata, que media hora antes hablaba de apellidos y herederos, miraba a Valeria con odio.
—Nos hiciste humillar a Isabel por nada.
Mauricio levantó la vista.
Por primera vez ese día, pareció recordar mi nombre.
Isabel.
La mujer a la que había dejado sentada en un despacho.
La madre de sus hijos.
La esposa a la que permitió insultar durante meses.
Entonces su celular vibró. Era un mensaje del licenciado Carranza, el abogado del divorcio.
“Señor Del Río, revisando los anexos firmados, confirmo que usted otorgó custodia principal, permiso internacional de viaje y renuncia temporal al uso del domicilio familiar. También se abrió investigación por disposición irregular de fondos conyugales.”
Mauricio leyó una vez.
Luego otra.
Su rostro perdió todo color.
—No… —murmuró.
Doña Amalia se acercó.
—¿Qué pasa?
Mauricio no contestó. Marcó mi número.
Yo ya estaba en el aeropuerto con Emiliano dormido sobre mi hombro y Sofía comiendo galletas en silencio.
El teléfono vibró.
Mauricio.
No contesté.
Volvió a llamar.
Lo bloqueé.
Después llegó un mensaje desde un número desconocido:
“Isabel, tenemos que hablar. Fue un error.”
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