Claudia sacó algo de su bolsa.
—El notario está abajo.
Julián me tomó la mano con fuerza.
—Vas a firmar, Mariana. Viva o muerta.
Pero yo ya no estaba muriendo.
Estaba esperando.
Cinco minutos después tocaron la puerta.
—Debe ser el notario —dijo Claudia.
La puerta se abrió.
Pero la voz que entró no era la de ningún notario.
—Buenas tardes, Julián. Antes de acercarte otra vez a Mariana, vas a explicarme por qué su camioneta tenía los frenos cortados.
Nadie respiró.
Y yo entendí que lo peor apenas iba a empezar…
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