PARTE 1
La tarde en el exclusivo fraccionamiento de Interlomas, en la Ciudad de México, era de un azul impecable, pero el aire dentro de la mansión de los Valenzuela estaba cargado de veneno. Mateo observaba cómo sus pertenencias volaban por los aires, aterrizando sin piedad sobre el pasto perfectamente podado que él mismo se había encargado de cuidar durante los últimos 4 años. Primero fue su maleta vieja, esa que traía desde la universidad. Luego sus zapatos, sus camisas de trabajo y la mochila de su computadora.
Finalmente, el golpe que más le dolió: el cuadro de su boda. Sofía, su esposa, lo lanzó desde el balcón con un desprecio que le heló la sangre. El vidrio se estrelló contra el suelo, rajando la imagen de dos personas que, alguna vez, parecieron amarse locamente. Sofía estaba de pie en la entrada principal, con los brazos cruzados y esa expresión de superioridad que había aprendido de su padre. Detrás de ella, Don Augusto Valenzuela y su esposa, Martha, observaban la escena con una satisfacción cruel, como si estuvieran desinfectando su hogar de una plaga.
—Ya nos cansamos de tu mediocridad, Mateo —escupió Don Augusto, ajustándose el reloj de oro que brillaba bajo el sol de las 15—. Pensamos que con el tiempo tendrías algo de ambición, pero sigues siendo el mismo “muerto de hambre” que entró por esa puerta. Mi hija merece un hombre de su altura, no un tipo que se conforma con un sueldo de oficina y coches usados.
Santiago, el hermano de Sofía, soltó una carcajada mientras grababa la humillación con su teléfono de última generación.
—Míralo, papá. Ni siquiera se defiende. Es un naco sin clase. ¿De verdad pensaste que podrías pertenecer a nuestra familia para siempre? —se burló el joven, mientras su hermana menor, Paulina, rodaba los ojos con asco.
Mateo permaneció en silencio. No era cobardía; era la calma de quien sabe algo que los demás ignoran. Se agachó lentamente para recoger el marco roto de la fotografía. Sus dedos rozaron el cristal quebrado, sintiendo el filo, pero no apartó la vista de Sofía.
—¿Esto es lo que realmente quieres, Sofía? —preguntó él con voz pausada—. ¿Después de todo lo que hemos pasado?
—Lo que quiero es recuperar mi vida, Mateo —respondió ella, bajando las escaleras para quedar frente a él—. Me avergüenza salir contigo. Me avergüenza que mis amigas vean tu coche viejo estacionado junto a los suyos. A partir de hoy, no eres nada para mí. Recoge tu basura y lárgate antes de que llame a los guardias de seguridad para que te saquen a patadas del fraccionamiento.
La familia volvió a reír, celebrando lo que ellos consideraban una victoria necesaria. Pero en ese preciso instante, un sonido rítmico y potente empezó a vibrar en el aire. No era el motor de un coche deportivo, era algo mucho más grande. El viento comenzó a azotar los árboles del jardín, levantando las camisas de Mateo que yacían en el suelo. Un helicóptero negro, elegante y con el logotipo de una de las corporaciones más poderosas del país, apareció sobre los techos de las mansiones vecinas.
El aparato comenzó a descender con precisión quirúrgica justo en la entrada de la propiedad, bloqueando el camino. La familia Valenzuela dio un paso atrás, cubriéndose los ojos del polvo y el viento. La puerta del helicóptero se abrió y un hombre de traje gris Oxford bajó con paso firme, ignorando por completo a los dueños de la casa. Pasó de largo frente a Don Augusto, ignoró los gritos de Santiago y se detuvo justo frente a Mateo, haciendo una inclinación de respeto que dejó a todos mudos.
—Señor De la Vega, el transporte está listo —dijo el hombre en voz alta, entregándole una tableta electrónica—. Los inversionistas de Singapur lo esperan para la firma final.
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