Nos fuimos a la cama temprano.
Y antes de apagar la luz, Antonio dijo:
—Pilar.
—Dime.
—Cuando yo creía que estaba dejando de ser útil, Nora me enseñó otra cosa.
—¿Qué cosa?
Su voz salió suave en la oscuridad.
—Que uno no tiene que ser fuerte para seguir siendo amado.
No supe responder.
Así que le apreté la mano.
A los pies de la cama, Nora suspiró.
Ese suspiro tranquilo de los perros viejos que han cumplido su trabajo y aun así siguen vigilando.
Durante muchos años pensé que una perra guía servía para mostrar caminos.
Ahora sé que algunos caminos no están en la calle.
Están dentro de una casa.
Entre un sillón y una cama.
Entre el miedo y la ternura.
Entre el orgullo y la mano que por fin se deja coger.
Nora nos guio por todos ellos.
Y mientras estuvo con nosotros, nunca volvió a ser solo mis ojos.
Fue la paciencia de Antonio.
Fue mi valor cuando yo no lo encontraba.
Fue el latido pequeño que nos recordaba, cada día, que todavía éramos una familia.
Y que incluso en una casa llena de miedo, el amor sabe encontrar la manera de hacerse oír.
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