Al amanecer, mientras buscaba café en el área de servicio, encontró el suéter gris de Rosa colgado detrás de la puerta. Se le encogió el pecho al recordar que la había echado sin abrigo. Al tomarlo, cayó de un bolsillo una libreta pequeña, barata, de esas que venden en la papelería de la esquina.
La abrió.
“Valentina no duerme. Isabela le dijo que si se queda dormida, su papá olvidará el camino a casa. La niña cree que el reloj mantiene vivo el recuerdo de su papá. Intenté quitárselo, pero se puso a llorar como si la estuvieran matando.”
Santiago sintió que el piso se le movía.
Siguió leyendo.
“Isabela no me deja acercarme después de las nueve. Dice que soy una metiche, una india igualada. Pero hoy escuché a la niña suplicar que la dejaran dormir. Si me corren por ayudarla, que me corran. Yo no puedo mirar cómo la destruyen.”
La libreta temblaba en sus manos.
Entonces escuchó tacones.
Isabela apareció en la cocina con un vestido rojo vino y una sonrisa impecable.
—Buenos días, amor. Estaba pensando que deberíamos redecorar el cuarto de Valentina. Sacar todo lo que huela a Rosa. Esa mujer dejó una energía espantosa.
Santiago guardó la libreta en su saco y fingió una sonrisa.
—Sí, como quieras. Tengo una cena de trabajo esta noche. Tal vez no regrese.
Isabela lo besó en la mejilla.
—No te preocupes. Yo cuido a Valentina.
Pero Santiago no fue a ninguna cena.
Se estacionó dos calles más abajo y abrió en su iPad la cámara de seguridad que él mismo había reconectado esa mañana. Durante horas esperó, hasta que cayó la noche.
En la pantalla, Isabela entró al cuarto con una copa de vino. Valentina ya estaba junto al reloj, temblando.
Isabela señaló el piso.
La niña obedeció de inmediato.
—Mira bien la arena —susurró Isabela—. Si cierras los ojos y no lo volteas a tiempo, tu papá se va a olvidar de ti. Va a encontrar otra niña más bonita, más obediente, menos llorona.
Valentina comenzó a llorar en silencio.
—No me voy a dormir, mamá. Lo prometo.
Isabela sonrió.
—Rosa quería que durmieras para que la arena se acabara. Ella quería quedarse con tu papá, con esta casa, con todo. Solo yo te estoy ayudando.
Santiago sintió que el corazón le explotaba de rabia.
Pero en ese instante, Isabela se inclinó hacia Valentina y dijo algo que lo hizo arrancar el coche a toda velocidad hacia la casa.
PARTE 3
—Y si le cuentas a tu papá, él va a creer que estás loca —dijo Isabela—. Porque las niñas que inventan cosas terminan solas.
Santiago entró a la mansión como una tormenta.
Subió las escaleras sin importarle el ruido. Abrió la puerta del cuarto de Valentina con tanta fuerza que Isabela soltó la copa de vino. El cristal se estrelló contra la alfombra blanca y la mancha roja se extendió como una herida.
Valentina gritó al verlo.
—¡Papá, no! ¡No toques el reloj!
Santiago caminó hacia ella. La niña abrazó el reloj de arena contra su pecho, llorando con terror.
—Si se rompe, te vas a ir…
Santiago se arrodilló frente a ella, con los ojos llenos de lágrimas.
—Mírame, mi amor.
—No puedo…
—Sí puedes. Hoy se acaba esta mentira.
Le quitó el reloj con cuidado, aunque Valentina pataleaba y lloraba como si le estuvieran arrancando la vida. Luego lo levantó y lo estrelló contra el piso.
El vidrio se rompió. La arena quedó regada sobre la madera.
Valentina cerró los ojos, esperando que su papá desapareciera.
Pasó un segundo.
Dos.
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