PARTE 1
A Lucía la echaron a la calle como si fuera 1 pedazo de basura. Descalza, con 1 bata de hospital manchada de yodo y su hijo recién nacido temblando contra su pecho.
Esa fue la escena que congeló la sangre de don Arturo al bajar de su camioneta frente a la sala de urgencias de 1 hospital público en Guadalajara. Era 1 madrugada de diciembre, el termómetro marcaba 6 grados y 1 llovizna helada calaba hasta los huesos. Don Arturo venía con el corazón latiendo de alegría, cargando 1 cobija amarilla, 1 asiento para bebé y 1 enorme arreglo floral que compró esa misma tarde. Su ahijada Lucía, a quien había criado como a su propia sangre después de que ella quedara huérfana, acababa de convertirse en madre. Él solo quería abrazarla y prometerle que a ese niño nunca le faltaría nada en la vida.
Pero la sonrisa se le borró de golpe.
Encontró a Lucía encogida junto a las puertas de cristal, con los pies completamente desnudos sobre el cemento mojado de la banqueta. Tenía el cabello pegado a la frente por el sudor frío y los labios morados. Sostenía al bebé envuelto apenas en 1 sábana delgada y rasgada, apretándolo contra su cuerpo para darle el poco calor que le quedaba.
—¡Lucía! ¿Qué pasó, mi niña? —preguntó Arturo, dejando caer las flores al suelo.
Ella levantó la vista. Lo reconoció, pero sus ojos estaban completamente secos y vacíos, como los de alguien que acaba de vivir 1 pesadilla en carne viva.
Sin dudarlo, Arturo se quitó su gruesa chamarra, la envolvió con ella y la cargó casi en vilo hasta la camioneta. Le cubrió los pies congelados con 1 toalla que traía en el asiento, encendió la calefacción al nivel más alto y revisó al pequeño. El bebé respiraba tranquilo, ignorando la crueldad con la que este mundo lo estaba recibiendo.
—Padrino… —susurró Lucía con la voz destrozada—. No me dejes volver a esa casa.
—¿Dónde diablos está Diego? ¿Por qué te dejó sola?
Con las manos temblando de forma incontrolable, la joven sacó su celular de la bata y le mostró 1 mensaje de texto de su esposo.
“La casa ya no es tuya. Mi mamá cambió las cerraduras. Tus porquerías están en bolsas de basura en la banqueta. No se te ocurra hacer drama, porque si intentas pelear por 1 pensión, voy a demostrar con mis abogados que estás loca y te voy a quitar al niño.”
Don Arturo sintió que 1 fuego le quemaba las entrañas.
¿Cuál casa ya no era suya? Él sabía perfectamente que ese departamento en la exclusiva zona de Providencia se lo había comprado a Lucía con los ahorros de toda su vida cuando ella cumplió 25 años. Era su refugio, su único patrimonio.
Llorando y temblando, Lucía le confesó que, al llegar sola a su hogar en 1 auto de aplicación tras la cesárea, encontró a su suegra, doña Beatriz, parada en la puerta con 2 cerrajeros. La mujer se rio en su cara, le pateó los juguetes del bebé y le gritó que ella misma había firmado los papeles entregando la propiedad.
Don Arturo apretó los puños. No hizo un escándalo. Sacó su teléfono y marcó 1 número.
—Licenciado Montes, lo necesito en mi casa ahora mismo.
Lucía lo miró aterrorizada. Lo que ninguno de los 2 imaginaba, era que el verdadero y retorcido plan de esa familia apenas comenzaba a asomarse.
Era imposible creer la monstruosidad que estaba a punto de desatarse.
PARTE 2
Para don Arturo, Lucía no era 1 simple ahijada. Cuando 1 accidente automovilístico en la carretera a Chapala le arrebató a sus padres a los 16 años, Arturo la acogió en su hogar. Le pagó la carrera, le enseñó a ser fuerte y le secó las lágrimas en cada Día de Muertos. Por eso, cuando Lucía se casó con Diego, el instinto protector de Arturo lo llevó a regalarle ese departamento, garantizando que su niña jamás dependería económicamente de 1 hombre.
Doña Beatriz, la madre de Diego, detestó ese gesto desde el primer instante.
Era 1 señora que aparentaba ser de la alta sociedad tapatía, siempre presumiendo bolsas de diseñador clonadas y apellidos que no le correspondían. En la fiesta de compromiso, dejó caer su veneno.
—Qué afortunadas son algunas huerfanitas —comentó Beatriz, agitando su copa de tequila—. Llegan al matrimonio con la vida resuelta, sin mover 1 dedo y quitándole el peso a sus maridos.
En aquel entonces, Diego fingió no escuchar. Pero Arturo siempre se arrepentiría de no haber prestado más atención a esa alarma.
Al principio, Diego actuó como el príncipe de cuento. Sin embargo, poco a poco fue tejiendo 1 telaraña de control. Primero insinuó que don Arturo era demasiado entrometido y le prohibió visitarlos. Luego, aisló a Lucía de sus compañeras de trabajo, convenciéndola de que todas le tenían envidia. Cuando Lucía quedó embarazada, la violencia psicológica se disparó. Diego le controlaba hasta el dinero para la despensa y estallaba en ira si tardaba más de 5 minutos en responder 1 mensaje. Si Lucía lloraba, doña Beatriz aparecía para humillarla:
—Estás loca por las hormonas del embarazo, mija. Mi hijo es 1 santo, no seas exagerada.
Esa noche, en la casa de don Arturo, el licenciado Montes llegó de emergencia. Habían instalado a Lucía en 1 recámara cálida, con 1 pediatra que examinó al recién nacido y le curó las heridas a ella. Mientras el abogado analizaba los mensajes y copias de las escrituras originales, hizo la pregunta que lo cambiaría todo:
—Lucía, haz memoria. ¿Firmaste algún tipo de documento estando en el hospital o días antes de dar a luz?
El rostro pálido de la joven perdió el poco color que le quedaba.
Recordó que, 1 día antes del parto, el hermano mayor de Diego, Alejandro, llegó de madrugada a su habitación del hospital. Alejandro era gestor en 1 Notaría Pública muy conocida en el centro de la ciudad. Llevaba 1 portafolio azul. Le dijo a Lucía que eran permisos urgentes para
Leave a Comment