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—Porque me faltaron al respeto. Porque pensaron que yo era un cualquiera. Un campesino que podían pisar. —Pablo se inclinó sobre la mesa—. Vos hoy me faltaste al respeto, muchacho.
—Don Pablo, yo…
—Dejame terminar. —La voz de Pablo se endureció—. Normalmente, un irrespeto así se paga con sangre. Hay una reputación que cuidar. Si dejo que un borracho me tire cerveza en la cabeza y no pasa nada, ¿qué va a pensar la gente? ¿Que Pablo Escobar se volvió suave?
Diego sintió que el aguardiente iba a subírsele. El sudor le corría por la espalda.
—Pero hay algo en vos que me recuerda a mí mismo cuando era joven. —Pablo se recostó en la silla—. Esa estupidez. Esa falta de miedo. O mejor dicho, ese exceso de juventud que te hace creer que sos inmortal.
Hubo un silencio largo. Diego no sabía si debía hablar o quedarse callado.
—¿Sabés qué te salva hoy? —preguntó Pablo.
Diego negó con la cabeza.
—Que me agarraste de buen humor. Acabo de cerrar un negocio muy bueno. Muy, muy bueno. Y cuando estoy de buen humor, puedo ser generoso.
Pablo hizo una seña a uno de sus hombres.
—Pero la generosidad siempre tiene un precio.
La Deuda que Nunca se Olvida
El guardaespaldas se acercó y le susurró algo al oído a Pablo. El patrón asintió y volvió a mirar a Diego.
—Te voy a dejar ir. Pero vas a hacerme un favor.
Diego sintió un pequeño alivio. Si le pedía un favor, significaba que iba a vivir. Al menos por esta noche.
—Lo que sea, don Pablo. Se lo juro.
—Vas a trabajar para mí.
El alivio se convirtió en pánico nuevamente. Diego había escuchado lo que significaba “trabajar” para Pablo Escobar. No era llevar paquetes o hacer mandados simples. Era meterse en un mundo del que no se podía salir.
—Don Pablo, yo estudio en la universidad. Estoy en tercero de…
—¿Y? —Pablo lo interrumpió—. Mejor todavía. Necesito gente que no parezca sospechosa. Gente que pase desapercibida.
Diego sintió que las paredes se cerraban a su alrededor.
—Mirá, muchacho. Es simple. —Pablo se inclinó nuevamente—. Vos me debés la vida. Literalmente. En este momento podría hacer que mis muchachos te sacaran de acá y nadie te volvería a ver. Tu mamá se pasaría el resto de sus días preguntándose qué pasó con su hijo. ¿Querés eso?
—No, don Pablo.
—Entonces me vas a ayudar con algo pequeño. Algo fácil. Y después quedamos en paz. Vos seguís tu vida, yo sigo la mía, y todos felices.
Diego sabía que no había opción real. Decir que no significaba morir. Decir que sí significaba meterse en problemas que no podía imaginar. Pero al menos estaría vivo.
—¿Qué necesita que haga?
Pablo sonrió. Esta vez era una sonrisa diferente. Satisfecha. De alguien que acaba de ganar una negociación.
—Vas a recibir una llamada en los próximos días. Alguien te va a dar una dirección. Vas a ir a esa dirección, vas a recoger un paquete, y lo vas a llevar a otra dirección. Así de simple.
—¿Qué hay en el paquete?
—Eso no te incumbe. Mientras menos sepás, mejor para vos. —Pablo se levantó de la mesa—. Y muchacho, una cosa más.
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Diego también se puso de pie, con las piernas todavía temblorosas.
—Si alguna vez, ALGUNA VEZ, le contás a alguien lo que pasó esta noche, o si se te ocurre ir con la policía, voy a encontrarte. Y no solo a vos. A tu mamá, a tu papá, a tus hermanos si los tenés. ¿Entendiste?
Diego asintió. La amenaza era clara como el agua.
—Decilo.
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