—Qué curioso —murmuró.
Santiago parpadeó, como si apenas entonces recordara que ella seguía allí.
—Valeria, no es el momento.
—No —dijo ella, levantando la mirada—. Precisamente este es el momento.
Clara sintió cómo la mano de Martín Beltrán se detenía sobre la carpeta. El abogado no dijo nada, pero su atención cambió. Había algo en el tono de Valeria que ya no sonaba como el de una amante despechada. Sonaba como el de una testigo que había esperado demasiado.
Santiago apretó la mandíbula.
—No hagas esto.
Valeria sonrió, pero esta vez no había coquetería ni triunfo en su rostro. Solo cansancio.
—¿No hacer qué, Santiago? ¿No contarle a tu esposa que tú sabías que estaba embarazada? ¿No decirle que recibiste el informe médico hace meses? ¿No admitir que me pediste ayuda para convencerla de firmar el divorcio antes de que naciera el niño?
El silencio cayó sobre la sala como una puerta de hierro.
Clara no se movió.
No porque no hubiera sentido el golpe.
Lo sintió.
Lo sintió en el pecho, en la garganta, en la espalda, en los dedos que sostenían a Mateo contra su cuerpo.
Pero no se permitió temblar.
Durante meses había llorado sola. Había vomitado por las mañanas en un baño frío mientras Santiago no contestaba sus llamadas. Había comprado ropa de bebé sin saber si tendría dinero suficiente para pagar el alquiler después del divorcio. Había firmado recibos médicos con las manos hinchadas, escuchando a enfermeras preguntarle si el padre vendría.
No iba a derrumbarse ahora.
No delante de él.
No delante de la mujer que acababa de confesar que había participado en su caída.
Santiago se puso pálido.
—Valeria, cállate.
Ella ladeó la cabeza.
—No me hables así. Ya no.
Martín Beltrán cerró lentamente la carpeta que tenía delante.
—Señorita Solís —dijo con una calma peligrosa—, ¿está usted declarando que el señor Alcázar tenía conocimiento del embarazo de mi clienta antes de solicitar el acuerdo de divorcio?
Valeria miró a Clara.
Por primera vez desde que Clara había entrado en aquella sala, no había arrogancia en sus ojos.
Solo vergüenza.
—Sí —respondió—. Lo sabía.
Santiago se levantó de golpe.
—Esto es absurdo.
—Siéntese, señor Alcázar —ordenó Martín.
La voz del abogado no fue alta, pero tuvo el efecto de un golpe sobre la mesa.
Santiago lo miró con furia.
—Usted no me da órdenes.
—No —dijo Martín—. Pero un juez sí puede hacerlo. Y si lo que acaba de decir la señorita Solís es cierto, entonces el acuerdo que usted pretendía presentar hoy podría considerarse obtenido con mala fe, ocultamiento de información relevante y presión indebida sobre una mujer embarazada.
Clara sintió que Mateo se removía de nuevo. Bajó la mirada hacia él.
Su hijo dormía.
Tan pequeño.
Tan ajeno al veneno que se estaba derramando alrededor de su nombre.
Ella le acarició apenas la mejilla con un dedo.
—¿Por qué? —preguntó en voz baja.
No miraba a Valeria.
Miraba a Santiago.
Él no respondió.
Y esa fue la respuesta más cruel.
Clara levantó la vista.
—Te llamé cuando supe que estaba embarazada. Te dejé mensajes. Te mandé el ultrasonido. Te escribí que tenía miedo.
Santiago apartó la mirada.
—Yo… necesitaba tiempo.
—No —dijo Clara, y su voz ya no temblaba—. Necesitabas que yo firmara antes de que Mateo naciera. Necesitabas borrar a tu hijo de la historia antes de que pudiera abrir los ojos.
Valeria cerró los párpados.
—Él dijo que no estaba seguro de que fuera suyo —susurró—. Dijo que tú querías atraparlo con un hijo.
Clara soltó una risa tan triste que incluso Martín bajó la mirada.
—Claro. Porque para hombres como Santiago, un bebé nunca es un bebé. Siempre es una amenaza, una estrategia, una deuda.
Santiago golpeó la mesa con la palma.
—¡Basta!
Mateo se sobresaltó y empezó a llorar.
El llanto del recién nacido llenó la sala, pequeño pero poderoso, más fuerte que cualquier grito de Santiago. Clara se puso de pie de inmediato, sujetándolo con ambas manos, meciéndolo contra su pecho.
—Shhh, mi amor… ya pasó… mamá está aquí…
Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Santiago dio un paso hacia ellos.
No con arrogancia.
No con enojo.
Sino con una expresión rota, casi infantil, como si el llanto de Mateo hubiera atravesado una puerta que ni siquiera él sabía que tenía cerrada.
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