“Pero el bebé no toleraba bien la fórmula,” continuó Carmen, su voz ganando un poco más de firmeza. “Lloraba todo el tiempo, señor. Se retorcía del dolor. Tenía cólicos terribles. La señora Patricia estaba desesperada. Llamaba al pediatra cada día.”
Ricardo recordaba esas noches infernales. Los llantos que no cesaban. Patricia caminando por la casa a las tres de la mañana con el bebé en brazos, probando diferentes posiciones, diferentes fórmulas, cantándole canciones con la voz rota por el cansancio y la frustración.
“Un día,” Carmen continuó, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, “hace como un mes, yo estaba aquí en la casa limpiando cuando oí a la señora Patricia llorar en su cuarto. Entré a ver si necesitaba algo, y ella estaba sentada en la cama con el bebé, ambos llorando. Me confesó que se sentía la peor madre del mundo. Que no podía darle a su hijo lo que más necesitaba.”
La voz de Carmen se quebró un poco, pero continuó:
“Yo… yo le dije que entendía cómo se sentía. Porque yo también soy madre, señor Ricardo.”
Esas palabras cayeron como una bomba en la habitación.
Ricardo la miró con los ojos muy abiertos. En cinco años de trabajar en su casa, Carmen nunca había mencionado que tenía hijos. Nunca había hablado de su vida personal más allá de lo básico. Era reservada, profesional, cumplía con su trabajo impecablemente y se iba a su casa cada noche sin compartir demasiado de su mundo privado.
“No lo sabía…” murmuró Ricardo.
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