Tenía los ojos rojos, pero la espalda recta.
Me dije en voz baja:
—Mariana, ya lloraste suficiente.
A las once de la mañana fui a la reunión con el proveedor.
Trabajé como si nada hubiera pasado.
Revisé documentos, comparé muestras, negocié compensaciones y exigí nuevas condiciones para la siguiente entrega.
El gerente del proveedor, un hombre de unos cincuenta años llamado don Ernesto, me dijo al final:
—Licenciada López, usted es dura, pero justa.
Yo sonreí.
—Aprendí tarde, pero aprendí.
Cuando salí de la reunión, tenía diecisiete llamadas perdidas de Alejandro.
También un mensaje de Valeria.
“Mariana, por favor, no malinterpretes. Entre Alejandro y yo no hay nada serio.”
Nada serio.
Esas dos palabras me atravesaron de una forma extraña.
No dijo “no hay nada”.
Dijo “nada serio”.
Le respondí con una sola frase:
“Gracias por confirmarlo.”
Después bloqueé su número.
Esa noche, Alejandro llegó al hotel.
No sé cómo averiguó dónde me hospedaba. Quizá por los datos de la empresa, quizá porque durante años yo confié demasiado en él.
Tocó la puerta casi a las diez.
Yo abrí, pero dejé puesta la cadena de seguridad.
Él estaba del otro lado, despeinado, con la corbata floja y los ojos llenos de ansiedad.
—Mariana, por favor. Déjame entrar.
—Puedes hablar desde ahí.
—No seas así.
—Así soy ahora.
Alejandro respiró hondo.
—Cometí un error.
Lo miré en silencio.
—Valeria y yo… nos acercamos mucho por el trabajo. Pero no significó nada. Fue una confusión. Yo te amo a ti.
Por primera vez en todo el día, sentí rabia.
No tristeza.
Rabia.
—¿Me amas a mí, pero la llevas de viaje, la dejas dormir en tu regazo y permites que una sobrecargo crea que es tu esposa?
—No quería hacer un escándalo en el avión.
—No. Lo que no querías era quedar mal.
Él apretó la mandíbula.
—Mariana, cinco años de matrimonio no se tiran a la basura por una tontería.
Abrí un poco más la puerta, lo suficiente para que pudiera verme bien.
—No fue una tontería. Fue una elección. Cada mensaje borrado, cada viaje falso, cada cena de trabajo que no era cena de trabajo, cada vez que me llamaste exagerada… todo eso fueron elecciones.
Alejandro bajó la mirada.
Y entonces lo dijo.
La frase que terminó de cerrar la puerta dentro de mí.
—Perdóname esta vez. Te prometo que voy a cortar todo con ella. Además, tú sabes que sin mi aportación mensual no podrías pagar sola el departamento.
Me quedé mirándolo.
Lentamente, muy lentamente, sonreí.
—Gracias.
Él levantó la cabeza, confundido.
—¿Gracias?
—Sí. Porque hasta hace un minuto, una parte tonta de mí todavía dudaba. Pero acabas de recordarme que no solo me fuiste infiel. También creíste que yo dependía de ti.
Cerré la puerta.
Él golpeó una vez.
—¡Mariana!
No respondí.
Me senté en la cama, abrí mi laptop y busqué el contacto de una abogada que una compañera me había recomendado meses atrás, cuando yo todavía decía: “No, no creo necesitarla.”
Se llamaba Sofía Armenta.
Le escribí un correo con asunto sencillo:
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