A veces olvidaba la letra.
Pero su voz llenaba la casa como una campana de esperanza.
Mariana se quedó en la puerta mirándola.
Lucía se giró, con harina en la mejilla porque había intentado preparar hot cakes sin esperar ayuda.
—Buenos días, mamá Mariana —dijo de pronto.
Mariana sintió que el mundo entero se detenía.
—Buenos días, mi amor —respondió, con lágrimas en los ojos.
Lucía corrió a abrazarla.
Y allí, en aquella cocina sencilla de Puebla, lejos de las cámaras, los candados y las mentiras, Mariana entendió que el verdadero final feliz no era ver caer a Santiago.
El verdadero final feliz era esto:
Una niña que volvía a hablar.
Una mujer que volvía a vivir.
Y una casa donde, por fin, nadie tenía que tener miedo.
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