La casita en Puebla.
El terreno en las afueras que su tía le había dejado.
Los ahorros en pesos de su cuenta, que Santiago siempre le aconsejaba “unir” para invertir.
Él no la amaba.
Él estaba preparándose para matarla.
Y la fuga de gas de ese día no era un accidente.
Mariana buscó el teléfono con manos temblorosas en el bolsillo de su blusa. La pantalla se veía borrosa frente a sus ojos, pero logró marcar el número de emergencias.
—911, ¿cuál es su emergencia?
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