Daniela tampoco.
Mi madre jamás recuperó los años en que tuvo que mirarnos crecer desde lejos.
Pero juntas dejamos de vivir atrapadas en lo que Roberto Salazar nos quitó.
Empezamos a vivir por lo que todavía podíamos darnos.
Y eso, al final, fue mucho más poderoso que cualquier herencia.
Porque mi padre tenía casas, dinero, contactos y apellido.
Pero nosotras teníamos algo que él nunca pudo comprar ni controlar.
Teníamos la verdad.
Teníamos paz.
Y por primera vez, teníamos una familia de verdad.
Leave a Comment