—Sí.
No prometieron más.
No hacía falta.
Desde el otro lado del patio, Sofía los vio.
Alzó las manos y gritó:
—¡Ya era hora!
Los dos se echaron a reír.
Y fue quizá en ese instante, en medio del ruido de herramientas, de voces jóvenes y de una niña feliz corriendo bajo las luces nuevas del centro, cuando ambos entendieron la verdadera dimensión del final feliz.
No consistía en recuperar exactamente lo que habían perdido.
Eso era imposible.
Consistía en que la verdad hubiera llegado a tiempo para salvar lo que aún quedaba por vivir.
Y a veces, cuando la vida ha sido injusta durante demasiado tiempo, eso no es una pequeña victoria.
Es un milagro.
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