Sofía me jaló la manga.
—Mamá, ¿vas a salir en un libro?
Antes de que pudiera responder, la puerta de la cocina se abrió. Verónica salió con una copa en la mano y una sonrisa falsa, tan tiesa que daba pena verla.
—Qué sorpresa —dijo—. Mariana no nos comentó que esperaba visitas tan… importantes.
Lourdes la miró apenas.
—No venía a visitarla a usted.
Mi mamá apareció detrás, envuelta en su chal caro, con la cara pálida.
—Mariana, hija, ¿por qué no nos dijiste nada?
La risa casi se me escapó. ¿Decirles qué? ¿Que seguía escribiendo aunque ellos se burlaran? ¿Que tenía sueños aunque me trataran como una carga? ¿Que todavía existía más allá de ser “la divorciada con dos niños”?
Lourdes abrió su bolso y sacó un sobre grueso.
—Mandamos tres cartas a esta dirección porque era la que aparecía en uno de sus registros antiguos. Nunca recibimos respuesta.
Verónica dejó de sonreír.
Yo miré el sobre. Mi nombre estaba escrito completo: Mariana Ríos Salgado. La dirección era la casa de mi hermana. Viví ahí dos meses después de separarme del papá de mis hijos, cuando no tenía a dónde ir.
—Qué raro —dije despacio—. Yo nunca recibí nada.
El silencio se volvió pesado.
Lourdes agregó:
—La última carta venía certificada. Alguien la firmó.
Mi mamá bajó los ojos.
Verónica apretó la copa con tanta fuerza que pensé que se le iba a romper en la mano.
Diego miró a su tía, luego a mí.
—Mamá… ¿ella sabía?
Nadie contestó.
Y justo cuando Lourdes sacó una copia del acuse de recibido, con una firma perfectamente visible, Verónica dio un paso atrás.
Lo que decía ese papel iba a cambiarlo todo, y yo necesitaba saber hasta dónde había llegado la traición…
PARTE 3
La firma era de Verónica.
No era parecida. No era dudosa. Era su letra perfecta, inclinada, presumida, la misma con la que firmaba tarjetas de Navidad llenas de bendiciones que nunca practicaba.
—Yo puedo explicar —dijo.
—Entonces explica —respondí.
Mi voz salió tranquila, y eso la asustó más que un grito.
Verónica dejó la copa sobre una repisa.
—Pensé que era una estafa. Luego vi de qué se trataba y… no creí que fuera algo serio.
Lourdes no parpadeó.
—También respondió un correo diciendo que Mariana no estaba interesada.
Sentí que el aire se me iba.
Mi mamá se llevó una mano al pecho.
—Verónica…
—¡Ay, por favor! —estalló mi hermana—. ¿Ahora todos van a hacer drama? Mariana siempre escribe cosas tristes. Siempre se hace la víctima. Yo solo pensé que si le daban cuerda iba a terminar avergonzándonos.
Ahí estaba. La verdad completa. No había sido descuido. No había sido confusión. Era miedo. Envidia. Esa necesidad enferma de mantenerme abajo para que ella pudiera sentirse arriba.
Diego se puso frente a mí.
—No le vuelvas a hablar así a mi mamá.
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