Ella giró lentamente el rostro.
“¿De verdad creíste que yo no sabía que él te tenía lástima?”
Mi mano se cerró con fuerza alrededor del borde roto de mi manga.
Sofía sonrió.
“Hace media hora, Alejandro mandó revisar las cámaras del pasillo. Martín salió de tu habitación con algo escondido bajo la chaqueta. Ahora mismo lo están buscando.”
Mi corazón se hundió.
Pero no por miedo.
Sino por Martín.
Él no tenía por qué pagar por mí.
Sofía se inclinó otra vez, acercándose a mi oído.
“Y aunque lograra salir de la mansión… ¿a quién vas a llamar, Elena? ¿A tu padre muerto? ¿A tu hermano muerto? ¿A esa familia Mendoza que ya no existe?”
Sus dedos fríos acariciaron el dije de jade que yo aún apretaba en la palma.
“Qué triste. Antes eras la princesa de Ciudad de México. Ahora no eres más que una mujer rota, tirada en un sótano.”
La miré.
Por primera vez, sonreí.
Una sonrisa débil.
Pero suficiente para hacerla fruncir el ceño.
“Sofía…”
Mi voz era casi inaudible.
Ella bajó un poco la cabeza.
“¿Qué?”
“Te equivocas.”
Sus ojos se entrecerraron.
Yo respiré con dificultad y dije, palabra por palabra:
“Los Mendoza… nunca desaparecieron.”
La expresión de Sofía cambió.
Fue solo un instante.
Pero lo vi.
Vi el miedo.
En ese momento, desde arriba llegó un sonido.
Primero fue muy lejano.
Luego más claro.
Sirenas.
Una.
Dos.
Muchas.
El rostro de Sofía perdió color.
Las dos sirvientas detrás de ella se miraron, nerviosas.
“¿Qué está pasando?” murmuró una.
Sofía se enderezó de golpe.
Apenas dio un paso hacia la puerta cuando un ruido seco sacudió toda la mansión.
¡Bang!
Después, voces fuertes.
“¡Fiscalía General! ¡Nadie se mueva!”
Sofía se quedó paralizada.
Yo cerré los ojos.
Martín lo logró.
Realmente lo logró.
Los pasos bajaron por la escalera del sótano como una tormenta.
Esta vez no eran tacones.
Eran botas.
Eran médicos.
Eran policías.
Y entre todos ellos, una voz vieja, ronca, temblorosa, pero llena de autoridad, atravesó el aire.
“Elena.”
Mi cuerpo entero se tensó.
No abrí los ojos.
No quería verlo.
No después de casi treinta años.
No después de haber jurado que jamás volvería a pronunciar su nombre.
Pero aquella voz volvió a llamarme.
“Elena, niña mía…”
Abrí los ojos con dificultad.
Un hombre de cabello completamente blanco estaba de pie en la entrada del sótano. Vestía un traje negro impecable, sostenía un bastón de madera oscura, y sus ojos… estaban rojos.
Don Rafael Valderrama.
Mi abuelo materno.
El hombre al que mi madre había expulsado de nuestras vidas cuando yo apenas tenía cinco años.
El hombre cuyo apellido nunca se mencionaba en la casa Mendoza.
El hombre que yo creí cruel, frío y despiadado durante casi treinta años.
Y ahora estaba frente a mí.
Temblando.
Como si hubiera envejecido veinte años en un solo segundo.
“Elena…”
Leave a Comment