La sangre desapareció del rostro de Valeria.
“No.”
Mara continuó al otro lado.
“Ya hay una cuenta anónima insinuando abuso.
Dicen que ella fue vista llorando en tu apartamento.
Dicen que su firma aparece en una declaración enviada a tres medios.”
Sebastián apretó los dientes.
“¿Qué declaración?”
“Que subió contigo presionada.
Que no sabía a qué iba.
Que intentó irse.
Que hay evidencia física.”
Valeria oyó lo suficiente.
Sus manos empezaron a temblar.
“Yo no dije eso.”
Sebastián la miró.
“Lo sé.”
Mara bajó la voz.
“Hay algo más.
El correo salió desde una dirección creada con su nombre, pero la IP apunta al servidor interno de Crown Meridian.
Alguien dentro de tu edificio lo preparó.”
Sebastián sintió una calma peligrosa asentarse sobre su miedo.
“Cierra todo.
Nadie del equipo habla con prensa.”
“Ya lo hice.
Pero necesitas entender la gravedad.
Si
ella sale por la puerta principal llorando, tu junta va a reunirse antes del mediodía.
Y si la declaración falsa se vuelve viral, no importará lo que sea verdad durante las primeras veinticuatro horas.”
“¿Quién tiene acceso a esas cámaras?”
“Seguridad, administración del edificio y tu oficina ejecutiva.”
En esa lista había demasiadas personas.
Pero una apareció en la mente de Sebastián con una claridad inmediata.
Dorian Vale.
Su director de estrategia.
Su amigo desde la universidad.
El hombre que sabía qué inversores estaban nerviosos.
El hombre que había insistido durante meses en que Sebastián debía vender Crown Meridian Holdings antes de que una investigación fiscal dañara el precio.
El hombre que había sonreído en la gala la noche anterior al ver a Valeria hablar con él.
Sebastián colgó sin despedirse.
Valeria estaba de pie ahora, envuelta en la sábana, mirando la ciudad como si el amanecer acabara de convertirse en una trampa.
“Van a pensar que mentí”, dijo.
“No.”
“Van a pensar que yo vendí una historia.”
“No voy a permitirlo.”
Ella giró hacia él con los ojos brillantes.
“¿Y cómo vas a impedirlo? ¿Con abogados? ¿Con dinero? ¿Con comunicados diciendo que todo fue consensuado mientras enseñan fotos de mi cara entrando aquí?”
Sebastián no respondió porque ella tenía razón.
La verdad, dicha por un hombre como él, podía sonar como otra forma de poder.
Valeria se acercó al baño, cerró la puerta y él escuchó el agua correr.
No se movió durante varios segundos.
Luego llamó a Mara de nuevo y puso el teléfono en altavoz.
“Necesito el registro completo del ascensor, pasillos y accesos desde las diez de la noche hasta ahora.”
“Ya lo pedí.”
“Y revisa quién entró a mi habitación mientras dormíamos.”
Hubo una pausa.
“Sebastián…”
“¿Qué?”
“Tu sistema marca una apertura de puerta a las 4:12 a.m.”
Él miró hacia la entrada del dormitorio.
“Nadie entró.”
“Alguien usó una tarjeta maestra.
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