PARTE 2
Esa noche, la mansión Del Valle dejó de parecer un museo frío. Los empleados lloraban escondidos en la cocina mientras Sofía decía sus primeras palabras como si fueran tesoros recién descubiertos.
—Quiero pan dulce.
—¿Con chocolate, mi amor? —preguntó Alejandro, temblando.
—Sí, papá.
Cada sí de Sofía le partía el alma y se la reconstruía al mismo tiempo. Pero junto a la emoción nació otra cosa: ambición. Alejandro no podía dejar de recordar la botellita dorada, la ropa rota de Lupita, la frase sobre la abuela de Oaxaca.
A la mañana siguiente llevó a Sofía de regreso al Zócalo. La niña iba feliz, repitiendo en el auto:
—Voy a darle gracias. Voy a abrazarla.
Tardaron casi una hora en encontrarla. Lupita estaba sentada cerca de un puesto de esquites, con la rodilla vendada y el mismo morral viejo sobre las piernas. Cuando Sofía la vio, corrió hacia ella.
—¡Lupita!
La niña pobre levantó la cara, sorprendida. Sofía la abrazó con fuerza.
—Gracias por mi voz.
Lupita lloró en silencio. Alejandro se acercó con una sonrisa que parecía arrepentida.
—Ayer me equivoqué —dijo—. Te traté muy mal. Ven con nosotros. Quiero compensarte.
Lupita no confiaba en él, pero Sofía le apretó la mano.
—Por favor. Quédate conmigo.
Y Lupita aceptó.
Durante los días siguientes, Alejandro la llenó de regalos: vestidos nuevos, zapatos, juguetes, comida abundante. Sofía estaba encantada. Decía que Lupita era como una hermana. Jugaban en el jardín, corrían entre jacarandas y se escondían detrás de columnas de cantera.
Pero Alejandro observaba todo desde lejos.
Una tarde, en la terraza, fingió curiosidad.
—Lupita, ese té de tu abuela… ¿cómo se prepara?
La niña bajó la mirada.
—No era cualquier té. Mi abuela decía que no servía si se hacía con codicia.
Alejandro sonrió.
—Claro, claro. Solo quiero entenderlo.
Poco a poco, Lupita fue contando: flores de bugambilia cortadas antes del amanecer, miel de azahar, jengibre, hierbabuena, gordolobo y una raíz que su abuela guardaba en una cajita de madera. También dijo los tiempos de hervor y reposo, pero cuando vio el brillo en los ojos de Alejandro, se calló.
—¿Y la raíz? —insistió él.
—No me acuerdo bien —mintió ella.
Esa misma noche, Sofía escuchó a su padre hablar por teléfono.
—Tenemos casi toda la fórmula. Quiero laboratorios, abogados y registro de marca. Lo vamos a vender como “Voz de Esperanza”. Será el negocio del siglo.
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