Diego dio un paso hacia mí, desesperado.
—Ayúdame a arreglar esto, Valeria. Te lo suplico. Porque si no, Camila va a venir aquí y va a armar un escándalo. Ya viene en camino.
Mi primera reacción fue decirle que se fuera, pero Emiliano soltó un quejidito suave y recordé dónde estaba. No podía permitir un drama en la habitación. Respiré hondo.
—Si Camila viene, seguridad la saca —dije—. No voy a exponer a mi hijo. Y tú no vas a usarme como parche.
Diego se pasó la mano por el pelo, temblando.
—Solo necesito explicarle… no quería que se enterara así.
—El tiempo lo tuviste durante ocho meses —le respondí—. Lo que necesito yo es claridad: ¿vas a ser padre o solo apareces cuando te conviene?
El ruido de pasos en el pasillo nos interrumpió. La enfermera asomó la cabeza.
—Hay una mujer preguntando por usted. Dice que se llama Camila.
Sentí cómo el aire se volvía pesado. Si Camila cruzaba esa puerta, nada volvería a ser igual.
Decidí tomar el control.
—Dígale que espere en la sala de visitas. Yo bajo en diez minutos.
Diego me miró, incrédulo.
—¿Vas a hablar con ella?
—Voy a evitar que grite aquí —dije—. Y voy a decir la verdad.
Me puse la bata encima del pijama y le pedí a la enfermera que vigilara a Emiliano. En la sala, Camila estaba de pie con el celular en la mano y los ojos hinchados. Al verme, fue directa:
—¿Eres Valeria? Dime si ese bebé… es de Diego.
—Sí —contesté—. Se llama Emiliano. Nació hoy. Diego es el padre.
Camila tragó saliva y giró hacia él.
—Me dijiste que no había nada pendiente —le reclamó—. Me dijiste que tu pasado estaba cerrado.
Diego intentó acercarse, pero levanté la mano.
—Déjala hablar. Esto lo provocaste tú.
Camila volvió a mí, tensa.
—¿Y tú qué quieres? ¿Dinero? ¿Arruinar mi boda?
Se me escapó un suspiro cansado.
—Quiero tranquilidad y responsabilidad. Mientras ustedes elegían flores, yo estaba pariendo. Si se casan o no, no es mi guerra. Mi guerra es que Emiliano tenga un padre presente y un acuerdo claro, con fechas y obligaciones.
El silencio pesó. Camila bajó la mirada; por un segundo pareció más triste que enojada.
—Yo no sabía nada —susurró—. Nadie me lo contó.
—Lo sé —dije—. Y no merecías enterarte por una foto.
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