—No vuelvas a decir eso, abuela. Una casa no es donde todo resulta fácil. Una casa es donde alguien te espera.
Han pasado ya dos años desde entonces. Ahora tengo setenta y seis, y Diego veinte. A veces se queda dormido sobre los apuntes, y yo le pongo una manta sobre los hombros igual que antes se la ponía cuando era niño y se dormía en mi sofá después de merendar. La vida gira de formas extrañas. Primero fui yo quien lo sostuvo a él, y luego fue él quien volvió para sostenerme a mí.
Carlos llama de vez en cuando. Pocas veces. Laura no ha venido. Tal vez algún día consiga perdonarlos del todo. Tal vez no. A mi edad ya no creo que el perdón sea una obligación. Es más bien una clase de descanso, y no siempre llega cuando una quiere.
Pero hay algo que sí sé. El día en que creí que me había vuelto inútil, un niño de trece años guardó la verdad dentro de sí. Y cuando creció, volvió a buscarme.
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