—Mami, ¿soy una heroína?
Le acomodé el cabello y sonreí con lágrimas en los ojos.
—Eres mi heroína.
Ella abrazó a Pancho y se quedó dormida.
Me quedé viéndola respirar. Pensé en cuántas veces los adultos minimizamos lo que dicen los niños: “está inventando”, “seguro soñó”, “son cosas de la edad”. Pero a veces la verdad llega en voz bajita, con miedo, abrazada a un oso de peluche.
Y si no escuchamos, podemos perder la oportunidad de salvar una vida.
Por eso ahora lo digo sin vergüenza: créanles a los niños. Escúchenlos. Pregunten. Abracen. No los obliguen a callar para proteger la comodidad de un adulto.
Porque a veces la justicia no empieza con un grito.
A veces empieza con un susurro desde el asiento trasero de un coche.
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