El chico solo asintió.
Luego hizo algo que ni él mismo esperaba.
Le pidió que le enseñara.
Lucía lo miró.
Pensativa.
Finalmente, permitió que se quedara en el campo.
Los días pasaron.
Lucía fue devolviendo poco a poco al centro una disciplina que hacía tiempo se había perdido.
Sombra se ganó fama como el perro más obediente e inteligente de todos.
Un año después, Diego era su ayudante.
Pero cada vez que oía el seco clic metálico de un cerrojo…
se estremecía.
Recordaba aquel día.
Una noche, el señor Ramírez se acercó a ella.
Era la última en el campo de entrenamiento.
—No volveré a preguntarte qué ocurrió entonces —dijo en voz baja—. Pero si algún día ese pasado te alcanza…
Lucía acarició el hocico de Sombra.
Sin prisa.
—Ya me ha alcanzado.
Pausa.
—Pero ahora no huyo.
A lo lejos, otros perros comenzaron a ladrar.
Uno.
Luego otro.
El eco se extendió entre los muros de concreto.
Un nuevo día nacía en el centro.
Pero esta vez… con ella al mando.
En el crepúsculo, cuando las estrellas empezaron a aparecer una tras otra, su sombra y la de Sombra se fundieron en una sola.
Serena.
Firme.
Silenciosa.
Y aunque nadie volvió a atreverse a reírse de ella, en el corazón de todos quedó un respeto silencioso, casi supersticioso.
Hacia una mujer que no dominaba el miedo ajeno…
sino a la bestia que habitaba en su interior.
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