El gruñido se quebró.
El silencio se volvió insoportable.
Y entonces—
El perro gimió.
Un sonido bajo. Inesperado. Casi imposible.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Como si hubiera reconocido algo que los demás no podían ver, Sombra bajó la cabeza… y la apoyó contra los zapatos desgastados de Lucía.
Sumisión total.
El aire cambió.
Diego se quedó congelado, el celular suspendido en el aire.
Las risas desaparecieron.
Algo no estaba bien.
Algo no tenía sentido.
Entonces Lucía levantó lentamente la mano.
Su manga se deslizó.
Y lo que vieron hizo que varios dieran un paso atrás al mismo tiempo.
Una cicatriz.
Larga. Antigua.
La marca clara de una mordida.
Pero no de cualquier perro.
Los que sabían… lo entendieron al instante.
Diego tropezó al retroceder.
Sombra no apartaba la mirada de ella.
Como si esperara una orden.
Como si ya le perteneciera.
En sus ojos no quedaba rastro de agresividad.
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