Con el paso de las semanas, Mariana se fue adueñando de la casa con una seguridad insoportable. Cambió de lugar los cojines, guardó los manteles bordados “para que no se maltrataran”, reemplazó el jabón de manos por uno que olía a hotel caro y hasta se atrevió a mover la foto de la boda de Elena y Ricardo porque, según ella, “se veía mejor” en otro rincón. Elena la volvió a poner en su sitio. Mariana la volvió a cambiar. Ahí comenzó una guerra muda que Esteban no vio o fingió no ver.
Lo más doloroso no era la grosería abierta, sino la forma en que Mariana iba aislándola dentro de su propio hogar. Si Elena contaba una anécdota, Mariana sonreía con esa condescendencia de la gente que se cree más fina que los demás.
—Ay, qué chistoso cómo eran antes.
Si Elena decía que le dolían las manos, ella contestaba sin despegar la vista del celular:
—Pues también usted debería moverse más, porque quedarse quieta empeora todo.
Si venían sobrinos o vecinos, Mariana se portaba como una reina. Les servía café, hablaba fuerte, abrazaba a Esteban del brazo y le decía “mi amor” cada 3 frases. Pero en cuanto se quedaban solas, la casa se enfriaba.
Elena pensó varias veces en contarle todo a su hijo, pero la frenaba una mezcla amarga de miedo y vergüenza. Miedo a que él se pusiera del lado de Mariana y vergüenza de tener que admitir que en su vejez se estaba dejando arrinconar por una mujer mucho más joven. Además, Mariana era hábil. Sabía exactamente cuánto apretar y cuánto soltar. Delante de Esteban nunca llegaba demasiado lejos. Solo lo suficiente para plantar la idea de que Elena era difícil, rígida, anticuada. Así, si algún día ella se quejaba, parecería exageración.
El viernes en que todo estalló amaneció húmedo. Había llovido desde la madrugada y el patio estaba lleno de tierra suelta y hojas pegadas al piso. Esteban salió temprano porque el maestro de obra le pidió que pasara por unos papeles al despacho del arquitecto. Mariana se quedó en casa. Desde antes del mediodía andaba irritable, caminando de un lado a otro con tacones beige, hablando por teléfono con alguien sobre unos centros de mesa, una degustación y una lista de invitados. Elena la escuchaba a ratos desde el comedor mientras doblaba ropa limpia y trataba de ignorar la tensión que se sentía en el ambiente.
Cuando Mariana colgó, se quedó parada junto a la entrada mirando el piso de madera. Había varias marcas de lodo desde la puerta hasta la sala. No era extraño: ella misma había salido al patio trasero a tomarse unas fotos “con luz natural” y había regresado sin limpiarse los zapatos. Elena vio las huellas y siguió doblando una toalla. No pensaba agacharse a limpiar un desastre que no había hecho, menos ese día, cuando las articulaciones le tronaban desde temprano.
—Se le pasó esa parte cuando limpió —dijo Mariana de pronto, con una serenidad venenosa.
Elena levantó la vista.
—Yo no ensucié eso.
—Pero usted ve la mugre y no hace nada. Qué costumbre.
—No soy tu muchacha, Mariana.
La respuesta salió más seca de lo que Elena esperaba, quizá porque llevaba demasiadas semanas tragándose cosas. Mariana giró despacio hacia ella. Se cruzó de brazos. La miró de arriba abajo como si estuviera evaluando un mueble viejo.
—Entonces compórtese con respeto hacia la mujer con la que se va a casar su hijo.
—El respeto no se exige humillando.
Mariana soltó una risa cortita, sin humor.
—No, Elena. El respeto se gana sabiendo cuál es su lugar.
Esas 10 palabras retumbaron en la sala como si alguien hubiera roto un plato contra el piso. Elena se quedó inmóvil. Mariana caminó hasta el sillón principal, se sentó con una elegancia ofensiva, cruzó una pierna sobre la otra y estiró el pie embarrado de lodo hacia ella.
—Póngase de rodillas y límpieme los zapatos.
Elena pensó que había escuchado mal. A su edad una llega a creer que ciertas cosas no pasan fuera de las novelas o de videos escandalosos en Facebook. La miró esperando encontrar una señal de broma, un gesto de exageración, cualquier cosa. No había nada. Mariana estaba hablando en serio.
—Estás loca —susurró Elena.
Mariana apoyó la espalda en el sillón, tranquila.
—Y ya que está ahí, también me va a limpiar los pies. A ver si así se le baja lo altanera.
Elena sintió que se le fue el aire. Durante un segundo pensó en gritar, en llamar a una vecina, en agarrar el teléfono. Pero Mariana se inclinó apenas hacia adelante y soltó la amenaza con la misma voz con que otra persona pediría azúcar.
—Si no lo hace, en cuanto llegue Esteban le voy a decir que usted me insultó, que me quiso correr, que me levantó la mano. Le voy a decir que ya no está bien de su cabeza, que lleva semanas haciéndome la vida imposible y que yo he sido una santa por aguantarla. Y me va a creer. Porque siempre me cree.
Ahí estuvo la verdadera crueldad. No en la orden. No en el lodo. Sino en recordarle que el amor de una madre envejece con miedo: miedo a estorbar, a ser reemplazada, a que el hijo al que uno le dio todo prefiera la versión más joven, más fuerte, más bonita de la historia. Elena quiso decir que Esteban no sería capaz, pero en el fondo le dolió reconocer que ya llevaba meses viéndolo justificar pequeñas faltas, pedirle paciencia, sugerirle que no exagerara. Tal vez Mariana tenía razón. Tal vez sí le creería.
La garganta se le cerró. Las manos comenzaron a temblarle. Quiso ponerse de pie para irse a su cuarto, pero el simple movimiento le punzó las caderas. Mariana se quitó un zapato con el pie y lo dejó caer cerca de la alfombra.
—Ándele. De una vez.
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