La casa de Coacalco, esa donde Leticia ponía veladoras, cortinas nuevas y fotos familiares sin mi apellido en ningún marco, estaba solo a mi nombre. La compré cuando todavía dormía en un colchón prestado y comía tortas de frijol para completar la mensualidad. Esa casa era mi único patrimonio real.
—Quiero venderla —le dije a la agente.
—¿Su esposa está de acuerdo?
Miré la cocina, la silla donde Camila hacía tareas, el rayón en la pared de cuando medimos su estatura a los doce.
—La casa no es de mi esposa.
Leticia llegó esa noche feliz, hablando de la comida, del brindis de Roberto, de cómo Camila había llorado cuando él dijo: “Siempre voy a estar para ti, hija”.
Casi me reí.
Siempre.
Qué palabra tan barata en boca de un hombre que nunca estuvo.
—Estás muy callado —me dijo Leticia, quitándose los aretes frente al espejo.
—Estoy escuchando —respondí.
No entendió.
Durante una semana junté papeles: escrituras, recibos, estados de cuenta, comprobantes de colegiaturas, transferencias, facturas del coche, pagos médicos, uniformes, depósitos de renta. Dieciséis años cabían en una carpeta manila, pero pesaban como una lápida.
La casa se vendió más rápido de lo que esperaba. Una pareja joven de Querétaro ofreció pagar casi de contado. Firmé sin temblar.
Empaqué mis herramientas, la foto de mis padres, ropa, documentos y una caja con discos viejos. Dejé todo lo demás. Las vajillas que Leticia presumía, los cojines bordados, las macetas, los retratos donde yo aparecía siempre en una esquina.
Me mudé a un departamento pequeño en Tlalpan, cerca de un parque. Una recámara, una mesa sencilla, silencio. Pero por primera vez en años, ese silencio no me humillaba.
Leticia se enteró un sábado.
Me llamó veintidós veces. Contesté hasta la veintitrés.
—¿Dónde está mi casa, Arturo? —gritó.
—Tu casa no. Mi casa.
—¡Eres un desgraciado! ¡Nos dejaste en la calle!
—No, Leticia. Yo solo dejé de sostener el techo bajo el que ustedes me sentaban hasta atrás.
Me amenazó con abogados, con demandas, con exhibirme en Facebook. Dijo que me había dado los mejores años de su vida.
—No me los diste —le contesté—. Me los cobraste.
Colgó.
Camila llamó después. Su voz venía quebrada.
—¿Por qué hiciste esto?
Cerré los ojos. Todavía podía verla de niña, dormida en el asiento trasero después de sus partidos de voleibol.
—Pregúntale a tu mamá quién pagó tu carrera. Pregúntale a Roberto cuánto puso. Pregúntate por qué en tu día más importante yo terminé cinco filas atrás.
Hubo silencio.
—Yo no pensé que te doliera tanto.
—Ese fue el problema, hija. Nunca pensaron en mí.
Al otro lado escuché a Leticia gritando. Luego una voz masculina. Roberto estaba ahí.
—Dile que no se haga la víctima —alcanzó a decir él.
Entonces entendí algo que me heló la sangre: Roberto no había vuelto por amor a Camila. Había vuelto porque Leticia le había prometido algo.
Dos días después me llegó una notificación legal. Leticia exigía parte de la casa vendida. En el documento decía que Roberto declararía a su favor como “padre presente en la vida familiar”.
Padre presente.
Ahí supe que la verdad no solo iba a salir.
Iba a quemarlos frente a todos.
PARTE 3
El día de la mediación, Leticia llegó maquillada como para boda, con una carpeta roja y un abogado joven que parecía más nervioso que ella. Camila entró detrás, pálida, con los ojos hinchados. Y al último apareció Roberto, con lentes oscuros dentro del edificio, como si fuera artista.
Nos sentamos frente a una mediadora de voz seca y mirada cansada.
Leave a Comment