—¿Y esas manos, Renata? ¿Por qué las traes moradas?
Doña Elena ni siquiera se inmutó cuando escuchó a su hijo hacer la pregunta. Sopló su café, cruzó una pierna y respondió con una calma que helaba más que el agua del fregadero.
—No le pasó nada grave. Nomás está aprendiendo cuál es su lugar en esta casa.
Esteban Salgado sintió que algo se le reventaba por dentro, pero no gritó. Primero miró a su hija. Tenía 6 años, llevaba el vestido amarillo con florecitas que él mismo le había planchado esa tarde, las mangas empapadas hasta los codos, el fleco pegado a la frente, los ojos hinchados de tanto aguantarse el llanto y las manos tiesas, violáceas, metidas en una espuma blanca que olía a jabón barato. Luego volteó a la sala. Los hijos de su hermana Paola estaban tirados en el sillón, con el control del videojuego en una mano y una bolsa de papas en la otra, muertos de risa. La televisión gritaba caricaturas, el viejo piano de la esquina brillaba bajo la lámpara, y la escena tenía algo tan familiar que lo hizo sentir asco: antes, el niño parado frente al fregadero había sido él.
Esteban tenía 38 años, era contador en una distribuidora de materiales eléctricos en Guadalajara, y llevaba mucho tiempo viviendo con una sola idea fija: que Renata jamás creciera creyendo que tenía que aguantar humillaciones para merecer amor. Desde que nació, todo lo demás se volvió accesorio. El cansancio, el trabajo, la renta, las cuentas, el orgullo, la nostalgia. Todo se hacía pequeño cuando ella lo miraba con esa confianza absoluta que solo tienen los hijos cuando todavía creen que su papá puede pararlo todo con los brazos. Y quizá por eso jamás le gustó dejarla en casa de sus padres. Porque él conocía esa casa. Conocía el tono seco de su padre, Rogelio. Conocía los silencios cómplices de su madre. Conocía a Paola, la hija consentida, la eterna víctima, la que siempre recibía aunque no diera nada. Y se conocía a sí mismo, el hijo útil, el que resolvía, el que cargaba.
De niño, mientras Paola hacía berrinche porque no quería comer sopa, a él lo mandaban a ayudar en la cocina de la cenaduría de la familia. Mientras a ella le compraban tenis nuevos porque “la niña no podía andar desarreglada”, a él le decían que sus zapatos todavía servían. Una noche se había cortado un dedo picando cebolla. Sangraba fuerte, pero Rogelio le envolvió la mano en una servilleta y soltó, sin alzar la voz:
—No armes drama. Los hombres aguantan.
Paola, esa misma noche, lloró porque se le antojó flan en vez del arroz con leche que había en la casa. Doña Elena se lo preparó aparte. Esteban lavó trastes con el dedo palpitando bajo la venda improvisada mientras su hermana escogía postre. Ahí entendió la ley de esa familia: a unos los cuidaban, a otros los usaban.
Por eso, cuando la mamá de Renata empezó a salirse poco a poco de sus vidas, Esteban no se quebró. Karina no había desaparecido de golpe; fue peor. Se fue yendo en partes. Primero dejó de ir a festivales del kínder. Luego dejó de llamar diario. Después empezó a cancelar fines de semana. Ahora mandaba mensajes largos de culpa una vez al mes, hacía promesas que no cumplía y aparecía cuando le sobraba tiempo. Renata ya no preguntaba tanto por ella, pero Esteban sí sabía leer los huecos que eso le iba dejando. Por eso era tan cuidadoso con todo. Con quién la veía. Con quién la tocaba. Con quién la regañaba. Con quién podía quedarse.
Aquel viernes tenía una cena importante con un cliente de Monterrey que estaba evaluando mover la contabilidad de su empresa a la firma donde él colaboraba por fuera. No quería dejar a la niña con sus papás, pero Renata se emocionó apenas escuchó que quizá podría pasar unas horas con sus abuelos y con sus primos.
—¿Puedo ir, papi? Prometo portarme bien.
A Esteban esa frase le pesó de inmediato, aunque en ese momento no quiso escuchar su propia incomodidad. La niña se arregló solita. Escogió su vestido favorito, el amarillo. Le pidió que le pusiera una pinza rosa en el cabello. Guardó en su mochilita una libreta pequeña donde a veces escribía nombres de canciones porque soñaba con aprender a tocar el piano. En casa de los abuelos había uno viejo, oscuro, medio desafinado, que para ella parecía un tesoro.
Antes de subir al coche dio una vuelta frente a él con una sonrisa tímida.
—¿Me veo bonita?
—Te ves preciosa, mi reina.
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