Leticia se rio bajito.
Alma se dio una buena estirada.
—¿Podemos comer hotcakes para desayunar?
—¿Pues tú qué crees? —le contestó Leticia—. ¡Claro que por supuesto que desde luego que sí!
Alma salió disparada a levantar a su hermano. Tomás se paró y le echó la mano para acomodar la mesa. Se sentía una onda bien rara entre ellos, pero chida. No andaban de novios, pero tampoco eran unos aparecidos; era una cosa ahí a la mitad, armada a base de respetarse, de curarse los raspones y de acoplarse a la rutina de todos los días.
Ya entrados en el desayuno, Santiago habló con la boca atascada de comida.
—Oigan, ¿y si armamos esto todos los lunes?
—¿Lo de desayunar todos juntos? —le preguntó Leticia.
—¡Simón! Los cuatro, antes de que nos vayamos a la escuela.
Tomás y Leticia cruzaron miradas.
—Podemos calarle —dijo él.
—Ah, pero nomás si nos ayudan a levantar el tiradero después —le agregó ella.
Los chamacos aplaudieron bien emocionados.
Más al rato, ya en el carro, Tomás llevaba a los chamacos a la escuela y Leticia iba de copiloto.
—Te tengo que soltar algo —dijo ella, viendo para afuera por la ventana.
—Tú dirás.
—Me dijo la psicóloga que ya puedo empezar a armar salidas yo sola con los niños. Ir a recogerlos, jalármelos al parque… ya sin que nos anden checando.
—¡A toda madre!
—Sí, pero te juro que me da un chorro de miedo. No por ellos, sino por mí. Que la vaya a cagar otra vez.
Tomás le bajó a la velocidad cuando les tocó el alto.
—Miedo siempre nos va a dar, Leticia. Lo chido es que ahora ya le sabes pedir paro a la gente, ya no te avientas el tiro tú sola.
—Es que no los quiero volver a perder.
—Pues síguele chingando como hasta ahorita, paso a pasito.
Leticia asintió. El semáforo se puso en verde y se arrancaron.
Esa misma tarde, le marcaron a Tomás de la escuela. Era la maestra de Santiago.
—Señor Gutiérrez, le quería comentar algo. Hoy nos pusimos a hacer un trabajito donde los niños tenían que dibujar a su familia. Santiago acabó de volada.
—¿Todo en orden, maestra?
—Sí, súper bien. Dibujó dos casitas y les puso unas flechitas que iban de una a otra. A usted y a la señora Leticia los puso en cada casa, y a él y a su hermanita en medio. Cuando le pregunté qué onda con su dibujo, me soltó: “Así es como vivimos: en dos casas, pero todos juntos, porque mis papás ya no se andan peleando”.
A Tomás se le dibujó una sonrisota en la cara.
—Gracias por avisarme, maestra.
—Nomás quería que lo supiera. Se me hizo algo bien bonito.
Cuando colgó, Tomás se quedó un ratito callado, asimilando el golpe. Luego se puso a buscar en su celular una foto de hace poquito: salían los cuatro en el parque atacados de la risa, echándose una nieve. Se le quedó viendo y pensó: “Pues a lo mejor no es la familia de mis sueños, pero es la familia a la que decidí entrarle al quite”. Y la neta, al final del día, eso era lo único que importaba.
Un año después, la cosa ya era muy diferente. Ya no se sentía esa angustia a la hora de las despedidas, ni esa mala vibra cuando se pasaban a los niños. Santiago y Alma andaban del tingo al tango entre las casas de sus papás como si nada. Tenían doble cama, doble pijama, doble lapicera… pero una sola familia.
Leticia seguía aferrada a su jale en la papelería; con ese horario le daba chance de estar al cien con los niños. Le siguió con la terapia, yendo una vez al mes por puro gusto; ya no era para taparle el ojo al macho, sino para seguir aliviándose por dentro. Había recuperado algo que juraba que ya se le había ido de las manos: la confianza de sus chamacos y la de ella misma.
Tomás seguía de mandamás en su negocio, pero ya no se quedaba clavado en la oficina hasta altas horas de la noche. Aprendió a soltar la chamba, a cerrar la compu a buena hora y a estar “presente”. Los fines de semana dejaron de ser nomás para reponerse de la friega del trabajo; ahora eran tiempo de a de veras con los niños: se aventaban maratones de películas, se iban a dar la vuelta a los parques, se ponían a hacer la tarea y armaban unos desmadres de la nada. Se dio cuenta de que la verdadera tranquilidad no era querer controlar todo a chaleco, sino tener los pantalones para aguantar lo que de veras importaba cuando todo lo demás se te venía encima.
Los jueves ya se les había hecho costumbre echarse el desayuno juntos. Se la campechaneaban: una semana en la casa de Leticia y a la otra en la de Tomás. Pan tostado, frutita y hojas pintarrajeadas regadas por toda la mesa. Nadie faltaba a la cita y nadie llegaba tarde.
En la escuela, a los niños les andaba yendo a todo dar. Subieron las calificaciones, andaban con más pilas y más seguros de sí mismos. Santiago platicaba de su “familia con dos casas” sin pelos en la lengua y sin que le diera pena. Alma presumía a los cuatro vientos que tenía una mamá que se sabía las rolas y un papá que se rifaba en la cocina.
Un domingo, después de andar dándole a la pedaleada en las bicis, se tiraron los cuatro en el pastito del parque, a gusto, sin planear nada y sin andar a las carreras.
—Oigan, ¿sí se acuerdan de cuando todo estaba bien pinche? —soltó Santiago, viendo las nubes.
—Sí —le contestó Leticia—, pero también me acuerdo de cuándo la cosa empezó a agarrar forma.
—¿De cuándo te quedaste a dormir en la casa, papá? —le metió su cuchara Alma, abrazando bien fuerte a su muñeca que ya estaba toda traqueteada.
Tomás volteó a ver a sus chamacos, y luego a Leticia. No tuvieron que decir ni pío. No eran la familia de los comerciales, pero eran una familia de a de veras. De esas que traen sus buenos raspones, que traen su historia arrastrando, que se acuerdan de dónde vienen y que, todos los santos días, le echan ganas para hacer las cosas lo mejor que se pueda. Porque, después de todos los trancazos que se dieron, por fin les cayó el veinte de que amar a alguien como Dios manda no siempre está pelada… pero que la neta, siempre, siempre vale la pena.
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