A la mañana siguiente, Dolores se presentó en el Hogar Santa María, un orfanato a las afueras de la ciudad. Carmela Vega, la directora, la recibió con desconfianza en su oficina.
—No sé qué pretende, licenciada. La niña está bajo protección del Estado.
—Solo quiero saber sobre Salomé. Cómo llegó aquí. Mi intención es evitar que el Estado mate a su padre si es inocente.
Carmela evaluó a la mujer mayor y suspiró.
—Llegó hace seis meses. Su tío, Gonzalo Fuentes, la trajo alegando que sus negocios no le permitían cuidarla. Pero había algo muy raro. La niña tenía moretones en los brazos que él no quiso explicar. Desde que llegó casi no habla, no come, y tiene pesadillas todas las noches.
Dolores sintió un pinchazo en el pecho.
—¿Y después de la visita a la prisión?
—No ha pronunciado una sola palabra —dijo Carmela, mirando por la ventana hacia el patio, donde Salomé dibujaba sola en una banca—. Es como si hubiera soltado un peso inmenso y ahora guardara silencio para siempre. ¿Qué le dijo a su padre? Nadie lo sabe, pero la está consumiendo por dentro.
Dolores pasó la noche entera devorando el expediente. Todo apuntaba a Ramiro: sus huellas en el arma, su ropa manchada de sangre, y un vecino que lo vio salir. Sin embargo, había grietas. El testigo cambió su versión a los tres días para señalar a Ramiro. Los peritajes salieron en un tiempo récord de setenta y dos horas.
Pero lo más turbio era el fiscal a cargo en ese entonces: Aurelio Sánchez.
Una llamada de su investigador confirmó sus sospechas.
—Dolores, esto apesta —dijo Carlos al teléfono—. Aurelio Sánchez ahora es juez, ascendió justo después de este caso. Y adivina qué: es socio comercial de Gonzalo Fuentes, el hermano del condenado. Juntos han comprado propiedades millonarias en los últimos cinco años. Tierras que pertenecían a los padres de Ramiro.
Esa misma tarde, un auto negro de lujo se estacionó frente al orfanato. Gonzalo Fuentes, impecablemente vestido con traje y una corbata azul, entró a la oficina de Carmela.
—Vengo por mi sobrina —dijo con frialdad—. Soy su tutor legal.
—Usted renunció a la tutoría hace seis meses cuando la abandonó aquí con los brazos marcados —respondió Carmela, sin titubear—. Ahora está bajo la protección del Estado.
Los ojos de Gonzalo se oscurecieron.
—Cuidado con lo que insinúa. Tengo contactos que pueden cerrar este basurero mañana mismo si me lo propongo. Quiero a la niña ahora.
Detrás de la puerta de la oficina, una pequeña sombra temblaba. Salomé había escuchado todo. El terror en sus ojos era absoluto. Cuando Gonzalo la vio asomarse, su máscara de hombre respetable se esfumó por un segundo, revelando a un depredador.
—Váyase, o llamo a la policía en este instante —sentenció Carmela.
Gonzalo sonrió con cinismo.
—Volveré. Y cuando lo haga, nadie la va a proteger.
En la sala de visitas del penal, Dolores se sentó frente a Ramiro. Ya no era el hombre derrotado de los noticieros; en sus ojos ardía un fuego nuevo.
—Mi nombre es Dolores Medina. Quiero ayudarte, pero necesito que me digas qué pasó esa noche.
Ramiro tragó saliva, evaluando a la desconocida.
—Estaba destrozado. Había perdido mi trabajo en la carpintería. Bebí hasta perder el conocimiento en el sofá. No recuerdo nada hasta que desperté con las manos llenas de sangre y a Sara tirada en el piso. No vi a nadie.
Dolores se inclinó sobre la mesa.
—¿Qué te dijo Salomé en el oído?
Los ojos de Ramiro se llenaron de lágrimas.
—Mi hija lo vio todo. Tenía tres años y estaba escondida en el pasillo. Me dijo que alguien entró a la casa después de que me dormí. Alguien que ella conocía bien. Alguien de mi propia sangre. Fue Gonzalo.
Dolores llegó a su casa pasada la medianoche con la cabeza dándole vueltas. Al abrir la puerta, el corazón le dio un vuelco. Su sala estaba destrozada. Cajones volcados, papeles esparcidos, libros arrancados de los estantes. Caminó con cuidado hasta su escritorio. El expediente del caso estaba intacto, pero encima había una fotografía vieja de Sara Fuentes con una cruz roja pintada en el rostro con marcador.
Debajo, una nota: “Algunas verdades deben quedarse enterradas. Deje de investigar o terminará como ella”.
A sus 68 años, Dolores había enfrentado a cárteles y asesinos. Una amenaza barata no iba a detenerla. Levantó el teléfono y llamó a Carlos.
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