El frío de la morgue calaba hasta los huesos, pero no fue la baja temperatura lo que hizo palidecer a Cristina. Frente a ella, sobre la fría plancha de acero, yacían los cuerpos de dos pequeños gemelos. Habían sido declarados muertos hacía apenas unas horas.
—¡Doctor, corra! ¿Escuchó eso? —preguntó la joven practicante, dando un paso atrás, con la mirada clavada en la camilla.
El Dr. Federico, un forense experimentado y curtido por años entre la muerte, desvió la vista de sus reportes. Frunció el ceño.
—¿Qué crees exactamente que escuchaste, Cristina?
La chica tragó saliva. El silencio del anfiteatro parecía aplastarla.
—Risas… risas de niños.
Federico se irguió. La miró con una ceja levantada, escéptico.
—Aquí los únicos niños están sobre esa plancha metálica. Y créeme, no tienen motivos para reír. El ambiente juega malas pasadas a la mente, sobre todo en el primer día.
Cristina asintió torpemente, intentando convencerse de que era la presión del lugar. Respiró hondo y volvió a acercarse a los cuerpos. Sus manos temblaban. Federico suspiró, reconociendo el pánico de la novata.
—¿Estás segura de que quieres dedicarte a esto? —le preguntó, posando una mano comprensiva sobre su hombro—. La realidad aquí dentro rara vez es bonita. Estos niños… todo indica que fueron envenenados. Por eso parecen estar dormidos. La mayoría no llega en tanta paz.
Cristina apretó los labios y asintió con firmeza.
—Quiero seguir. Quiero descubrir la verdad para darle justicia a quienes ya no pueden defenderse.
El médico esbozó una sonrisa cansada y tomó un frasco con un líquido rosado.
—Este recipiente fue encontrado junto a ellos en su recámara. Estaban completamente sanos, una muerte súbita simultánea es imposible. Alguien les hizo esto. Y en casos de niños tan pequeños, el culpable casi siempre duerme bajo el mismo techo.
A Cristina se le revolvió el estómago. ¿Quién podría arrebatarle la vida a dos seres tan frágiles?
Federico se puso los guantes quirúrgicos y tomó el bisturí.
—Sujeta al niño en posición, vamos a empezar.
Cristina posicionó los bracitos fríos del primer gemelo. El silencio volvió a reinar, denso y pesado. Pero justo cuando el filo del bisturí iba a rozar la piel pálida, Cristina dio un salto hacia atrás, ahogando un grito.
—¡Se movió! ¡Su mano tocó la mía! —exclamó, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón desbocado.
—Cristina, por favor —suspiró Federico, perdiendo un poco la paciencia—. Es un espasmo post mórtem. Un movimiento involuntario. Estás perdiendo el control.
—¡No, doctor! ¡Toque usted mismo!
Para demostrarle su error, Federico se acercó. Revisó los ojos. Nada. Tomó la mano del niño. Fría y yerta. Miró a la joven con desaprobación y deslizó su mano hacia el pecho del pequeño para buscar alguna rigidez inusual. De pronto, el forense se petrificó.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Retiró la mano como si el cuerpo estuviera ardiendo y, sin pensarlo, pegó la oreja al pecho del niño.
Latidos. Débiles, lentos, casi imperceptibles. Pero latidos al fin y al cabo. Y entonces, como un eco fantasmal rebotando en los azulejos de la morgue, ambos escucharon una risa suave y apagada saliendo de los labios entreabiertos del pequeño.
Federico retrocedió, pálido como la cera. Llevó su mano a su propio pecho, como si necesitara confirmar que él también seguía vivo. Cristina no lo dudó; se arrodilló junto a la plancha y apoyó el oído.
—¡Está vivo! ¡Se lo dije! —gritó, con la voz quebrada por la impresión.
Aún en shock, el doctor giró la cabeza hacia el segundo gemelo. Lo imposible se volvió indiscutible frente a sus propios ojos: la mano del otro niño, que colgaba inerte de la camilla, se contrajo lentamente hasta descansar sobre su propio abdomen.
Latidos. Respiración superficial. Otra risita inaudible.
—Los dos… los dos están vivos —balbuceó Cristina.
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