PARTE 1
“Mi esposo le dio un puñetazo en la panza a mi hermana embarazada… y gracias a Dios lo hizo.”
Sí, suena horrible. Yo misma lo odié durante unos minutos. Lo vi cruzar el patio de la casa de mis papás en Zapopan, mientras todos cantaban “Las Mañanitas” alrededor del pastel, y pensé que Alejandro venía borracho o fuera de sí. Mi hermana Fernanda estaba sentada en el centro, con su vestido azul cielo, una corona de flores y esa panza enorme de ocho meses que todos acariciaban como si fuera un milagro.
Había más de cuarenta personas: tíos, primos, vecinas, compañeras de trabajo de mi mamá y hasta la comadre Lupita, que había llevado tamales de rajas. Todo era fiesta hasta que Alejandro apareció pálido, con la camisa empapada de sudor y el celular apretado en la mano.
—Aléjate de ella —me dijo, sin mirarme.
No entendí.
Caminó directo hacia Fernanda. Ella levantó la vista, sonrió nerviosa y se agarró la panza.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Alejandro no respondió. Solo dijo:
—Perdóname.
Y le soltó un golpe en el vientre.
Fernanda cayó hacia atrás, tirando globos, regalos y una charola de gelatina. Mi mamá gritó como si la hubieran apuñalado. Mi papá y mis hermanos se lanzaron contra Alejandro. Yo corrí a golpearlo en el pecho, llorando, llamándolo animal, enfermo, monstruo.
Fernanda estaba en el suelo, doblada, abrazándose la panza.
—¡Mi bebé! ¡No me toquen! ¡No me toquen! —gritaba.
La vecina, que había sido enfermera del IMSS, quiso revisarla, pero Fernanda se hizo bolita y empezó a patear. Mi mamá marcó al 911 con las manos temblando. Mi abuela rezaba sentada en una silla, blanca como papel.
Entonces Alejandro, sujetado contra la pared por mis hermanos, gritó:
—¡Miren la panza! ¡Mírenla bien!
Yo no quería mirarla. Quería que se lo llevaran preso. Pero algo en su voz me hizo voltear.
La panza de Fernanda tenía un hundimiento profundo justo donde había recibido el golpe. No se movía. No recuperaba forma. Era como si alguien hubiera aplastado un cojín.
Me acerqué temblando.
—Fernanda… déjame ver.
—¡No! —chilló—. ¡No me toques!
Pero ya era tarde. Metí la mano bajo la tela del vestido y sentí algo que me congeló la sangre: espuma, correas, velcro.
No había bebé.
Mi hermana no estaba embarazada.
El patio entero quedó mudo.
Alejandro respiró con dificultad y dijo:
—Eso no es todo. Fernanda iba a robarse un recién nacido mañana.
Y cuando vi la cara de mi hermana, entendí que no estaba asustada por haber sido descubierta.
Estaba furiosa porque le habían arruinado el plan.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
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