Me reí.
Esa vez ya no pude evitarlo.
—¿Seguridad? —negué con la cabeza—. ¿Dejaste a tus propios padres fuera de su casa y a eso le llamas seguridad?
Mónica dio un paso al frente.
—¡Nunca los dejamos fuera!
Mi papá bajó la mirada.
Y esa fue la respuesta.
Sentí que el estómago se me encogía.
—¿Cuántas veces? —pregunté, sin dejar de mirarlo.
Él no contestó.
Contestó mi mamá.
Con una voz casi rota.
—Dos veces…
Dos.
Esa palabra quedó suspendida en el aire como una bofetada.
Cerré los ojos un instante.
Solo un instante.
Cuando volví a abrirlos…
ya no quedaba espacio para la compasión.
Pero todavía me quedaba el control.
Y eso era todavía más peligroso.
—Tienen hasta mañana por la mañana —dije, clara y firme— para sacar todas sus cosas de esta casa.
Álvaro levantó la cabeza.
—Vero…
—No.
Levanté la mano.
Él se detuvo.
—Ahora me vas a escuchar tú a mí.
Se quedó callado.
Mónica trató de hablar.
—Esto es una ridiculez…
—No, Mónica. Ridiculez es lo que hicieron ustedes.
Di un paso hacia ella.
—Compré esta casa para que mis padres vivieran con dignidad. No para verlos arrinconados mientras ustedes hacen fiestas.
Abrió la boca.
Pero no le salió ni una sola palabra.
Porque no había nada que pudiera defender.
Solo culpa.
—Mañana —continué—, a las nueve en punto, voy a volver. Y si encuentro aquí aunque sea un cepillo de dientes suyo… yo misma cambiaré la cerradura otra vez.
Álvaro bajó la cabeza.
—No puedes hacerme esto…
Lo miré directo a los ojos.
—Sí puedo.
Hice una pausa.
—Y lo voy a hacer.
Nadie volvió a hablar.
Mónica tomó su bolsa con brusquedad.
—Vámonos, Álvaro.
Él dudó.
Miró a nuestros padres.
Pero no fue capaz de sostenerles la mirada.
Se dio la vuelta y la siguió.
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