—No… no puede ser…
Fue ahí cuando abrí la puerta.
Pero no para recibirlos.
Sino para terminarlo.
—Tienen cinco minutos para recoger sus cosas —dije—. Las que están en la entrada. Nada más.
—Lucía, por favor… —Diego dio un paso al frente—. Esto se está saliendo de control.
—No —lo interrumpí—. Esto es control.
Sus ojos se llenaron de algo que no era amor.
Era miedo.
—Yo te apoyé —continuó—. Estuve contigo desde el principio.
Solté una pequeña risa.
Sin humor.
—No, Diego —dije—. Tú llegaste cuando el camino ya estaba construido.
Silencio.
—Y aún así… te di un lugar.
Tragué saliva.
No por debilidad.
Sino para no romper la calma.
—Te di confianza.
—Te di poder.
—Te di mi apellido.
Hice una pausa.
—Y tú… me diste silencio.
Esa frase lo quebró.
—No es justo —murmuró.
—¿No es justo? —repetí—. ¿Ayer, cuando tu madre destrozaba mis cosas y me llamaba nadie… eso era justo?
No respondió.
Carmen, en cambio, explotó.
—¡Todo esto es tu culpa! —le gritó a su hijo—. ¡Te casaste con una mujer que quiere humillarnos!
La miré.
Esta vez, sin ninguna emoción.
—No, Carmen —dije—. Yo no humillo a nadie.
Señalé el suelo.
Donde aún quedaban restos de tela rota que había guardado como prueba.
—La humillación empezó aquí.
El silencio fue absoluto.
Entonces saqué otro sobre.
Se lo lancé a Diego.
—Divorcio —dije—. Firmado. Aceptado. Sin derecho a reclamar nada.
Lo abrió con manos temblorosas.
—¿Tan fácil…? —susurró—. ¿Así termina todo?
Lo miré por última vez.
—No —respondí—. Así termina lo que nunca fue real.
Carmen cayó en una silla cercana.
Por primera vez… parecía vieja.
Cansada.
Pequeña.
—Perdimos todo… —murmuró.
Negué con la cabeza.
—No.
Me acerqué a la puerta.
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